domingo, 24 de septiembre de 2017

El oscuro fenómeno de la idolatría




El principio de la civilización, tal como la entendemos antropológicamente, surgió a raíz de la escritura, la palabra escrita, que a su vez dio pie a la idolatría, un oscuro fenómeno que si lo analizamos bien explica muchas de las claves para entender el convulso mundo actual en el que vivimos. Lo interesante de este fenómeno es que se originó a consecuencia de la religión organizada o institucionalizada, pues en muchos pueblos de creencias animistas donde no se practicaba tal religión, es decir la adoración de uno o varios dioses –el politeísmo o el monoteísmo–, se vivía en común armonía con la naturaleza, como los indígenas Inuit de las regiones árticas; los Hopi o Siux de América del Norte; los Yanomami en la Amazonia; los Euahlayi del sudeste de Australia; los nativos de Papua de Tasmania, y muchas otras culturas animistas presentes por ejemplo en Mongolia, Siberia y el sur del Sáhara. También podría incluirse el animismo taoísta de ciertas culturas del Lejano Oriente. Sociedades todas ellas esencialmente tolerantes, democráticas (en un sentido no solo político sino sobre todo existencial) donde la Naturaleza era la extensión natural de sus propios sentidos y capacidades. El respeto a la Madre Naturaleza era por ende el respeto a uno mismo, al otro, a la comunidad. De esta manera nadie era menos que nadie, pues todos, con su mera existencia, formaban parte intrínseca de la misma energía universal, como notas musicales de la infinita orquesta de la vida.

Este fragmento de una carta escrita en 1854 por el Gran Jefe Seattle, de la tribu de los Swamish, a Franklin Pierce, Presidente de los Estados Unidos de América, resume perfectamente esta visión panteísta de la vida:

Cada pedazo de esta tierra es sagrado para mi pueblo, cada aguja brillante de pino, cada grano de arena de las riberas de los ríos, cada gota de rocío entre las sombras de los bosques, cada claro en la arboleda y el zumbido de cada insecto son sagrados en la memoria y tradiciones de mi pueblo. La savia que recorre el cuerpo de los árboles lleva consigo los recuerdos del hombre piel roja.

Los muertos del hombre blanco olvidan la tierra donde nacieron cuando emprenden su paseo por entre las estrellas, en cambio nuestros muertos, nunca pueden olvidar esta bondadosa tierra, pues ella es la madre del hombre piel roja. Somos parte de la tierra y ella es parte de nosotros. Las flores perfumadas son nuestras hermanas, el venado, el caballo, el gran águila, todos son nuestros hermanos. Las escarpadas montañas, los húmedos prados, el calor de la piel del potro y el hombre, todos pertenecemos a la misma familia. […] Esta agua cristalina que escurre por los riachuelos y corre por los ríos no es solamente agua, sino también la sangre de nuestros antepasados. Si les vendemos la tierra, ustedes deberán recordar que ella es sagrada, y deberán enseñar a sus hijos que ella es sagrada y que los reflejos misteriosos sobre las aguas claras de los lagos hablan de acontecimientos y recuerdos de la vida de mi pueblo. El murmullo del agua de los ríos es la voz del padre de mi padre. Los ríos son nuestros hermanos, ellos calman nuestra sed. Los ríos llevan a nuestras canoas y nos dan peces para alimentan a nuestros hijos. Si les vendemos nuestras tierras, ustedes deberán recordar y enseñar a sus hijos que los ríos son nuestros hermanos y también los suyos, y por tanto deberéis tratar a los ríos con la misma dulzura con que se trata a un hermano.

Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestro modo de vida. Tanto le importa un trozo de nuestra tierra como otro cualquiera, pues es un extraño que llega en la noche a arrancar de la tierra aquello que necesita. La tierra no es su hermana, sino su enemiga y una vez conquistada la abandona, y prosigue su camino dejando atrás la tumba de sus padres sin importarle nada. Roba a la tierra aquello que pertenece a sus hijos y no le importa nada. Tanto la tumba de sus padres como los derechos de sus hijos son olvidados. Trata a su madre, la tierra y a su hermano, el cielo, como cosas que se pueden comprar, saquear y vender, como si fuesen corderos o collares que intercambian por otros objetos. Su hambre insaciable devorará todo lo que hay en la tierra y detrás suyo dejaran tan sólo un desierto. […] También los blancos se extinguirán, quizás antes que todas las otras tribus. Contaminan sus lechos y una noche perecerán ahogados en sus propios desechos. Ustedes caminan hacia su destrucción rodeados de gloria, inspirados por la fuerza del Dios que los trajo a esta tierra y que por algún designio especial les dio dominio sobre ella y sobre el piel roja. Ese destino es un misterio para nosotros, pues no entendemos porqué se exterminan los búfalos, se doman los caballos salvajes, se impregnan los rincones secretos de los densos bosques con el olor de tantos hombres y se obstruye la visión del paisaje de las verdes colinas con un enjambre de alambres de hablar.


Como vemos no se trata de una idolatría a la naturaleza sino de un profundo respeto a la vida en su totalidad, una participación íntegra de esta sinfonía del Todo. Incluso lo que nosotros entendemos como malo o destructivo era para ellos una manifestación natural de la vida, y no un karma o un castigo divino por sus actos. Para ellos el bien y el mal no eran otra cosa que un proceso cíclico de extremos, de renacimiento y destrucción. Un proceso similar al nacimiento y la muerte, al día y la noche, a las estaciones… Otro buen ejemplo es el péndulo de un reloj oscilando de un extremo a otro a fin de conservar su equilibrio. Para ellos el mal no era lo contrario del bien sino su imprescindible dualidad, alteridad.

Es a partir del origen de la religión organizada –primero politeísta y después monoteísta– cuando surge el concepto de la idolatría bajo sugerentes expresiones como el pecado y la virtud, el sacrificio, la fe, la renuncia a uno mismo. Es entonces cuando se pierde esa integridad con el Todo, cuando surge una disociación, una frontera psicológica y emocional entre el yo y lo demás, de tal manera que la Naturaleza pierde todo su sentido sagrado para convertirse en un simple medio al servicio del hombre, trasladándose el concepto universal de sacralidad a uno o varios dioses “creadores” cuya existencia es meramente teórica y subjetiva. Este concepto de la idolatría genera una ruptura en el armonioso equilibrio de los pueblos animistas, dando pie a una jerarquía mercantil del valor humano, una categorización del mundo donde las personas son despojadas del sentido sagrado de su existencia. Es decir, que el valor del ser humano ya no se mide por su mera existencia sino por un determinado linaje o una acumulación de logros. Ahora las cosas ya no forman parte de un todo sagrado sino que están desperdigadas entre tres mundos aparentemente opuestos: uno verdadero: el Paraíso, otro de tránsito: la tierra, y otro de condena: el infierno. Un mundo de dicha y dos de desdicha. Este desequilibrio de la percepción genera un recelo, un prejuicio donde el valor de cada persona o ser vivo es desigual. Puesto que nadie se salva de la "tentación", es necesario guardar las apariencias. Esto genera una permanente paranoia, un profundo desprecio hacia quienes parecen estar "condenados". Surgen los estratos sociales: la clase alta: terratenientes, nobles, reyes..., y la clase humilde: campesinos, artesanos, criados, obreros…, que son la mayoría. La riqueza material se convierte en algo sagrado: una compensación aprobada por Dios. De esta manera las personas pasan a ser un simple material de trabajo al servicio de otros, ya sea un capataz, un sacerdote, un rey o una determinada divinidad.




A tal punto pierde el ser humano toda su trascendencia y dignidad, que a partir del cristianismo es considerado un pecador per se: por el solo hecho de haber nacido. Toda una vuelta de tuerca a la visión panteísta de los pueblos animistas. El ser humano no es más que un pedazo de carne con un alma más o menos defectuosa, un pecador irremisible, un ignorante que necesita de una divinidad que lo guíe, que lo castigue, que lo perdone. Si bien al principio los dioses encarnan los diferentes elementos de la naturaleza, pudiendo el hombre interactuar simbólicamente con ellos, es a partir del monoteísmo cuando se pierde toda interacción, cuando todo se reduce a un simple concepto teórico de fe o esperanza. Es decir que la creencia en Dios ya no se basa en la comunicación simbólica sino en la creencia, o dicho de otra manera: en la creencia de una creencia. Como ya dije en mi artículo “El radicalismo ideológico”, la creencia en Dios es, psicológicamente, el resultado de un fracaso: la imposibilidad de conocer a Dios. Pues el que conoce a Dios no necesita creer en Dios, de la misma manera que no necesita creer en el Sol: sabe que existe. Y lo sabe por experiencia, porque siente su luz, su calor, su energía benefactora. Así pues, ya no se trata de fe sino de experiencia: de ese sentimiento de unicidad con el universo que hablábamos antes, y que el hombre “civilizado” había perdido. Al final volvemos a lo mismo, poco importa si lo llamamos Dios, Pachamama o el Todo.

Esta división entre espiritualidad (experiencia) y religión (creencia) dio pie a la ruptura de la alteridad, de la dualidad, de la reciprocidad o complementación como un proceso natural de la vida, lo que a su vez creó un desequilibrio, una disfunción psicológica. Es decir que lo bueno y lo útil ya no necesitaba para su permanencia de la alteridad: de lo supuestamente malo e inútil, pues solo ese Dios teórico decidía, a través de la “inspiración” de sus representantes los escribas, profetas y sacerdotes, qué era positivo y negativo, bendición y castigo. Lo bueno fue santificado y lo malo condenado, demonizado. Despojado el hombre de esta armoniosa unicidad con la naturaleza y expulsado del Edén de la alteridad, sólo le quedaba velar por sus intereses: rezar, idolatrar a este Dios Padre y ganarse su favor a fin de ser recompensado con el caramelo psicológico del paraíso celestial, un reencuentro con la unicidad perdida.




Incluso una religión aparentemente más profunda y pacífica como el budismo está sujeta a esta misma fragmentación, a este mismo chantaje emocional, donde conceptos como el Karma y la reencarnación no dejan de ser una versión más desarrollada o refinada del purgatorio y el castigo divino. No niego la realidad del karma, del cielo y el infierno como estados psicológicos, lo que sí niego es el significado sentencioso o expiatorio que se la ha dado. En mi opinión tales conceptos nada tienen que ver con una condena universal sino con una elección personal que, consciente o inconscientemente, tomamos nosotros mismos a fin de evolucionar o ser más autoconscientes, si bien podemos quedar temporalmente enganchados en una rueda de repeticiones insanas. Como ya mencioné en mi artículo “La pedagogía negra de la Iglesia”, Buda se iluminó cuando finalmente prescindió de toda búsqueda, de toda disciplina. Sencillamente se sentó bajo un árbol sin esperar ni desear nada. Cuando sentía ganas de comer, comía. Cuando sentía ganas de dormir, dormía. Cuando sentía ganas de reír, reía. Esa es la verdadera esencia de la felicidad o la iluminación, algo que el budismo no entendió o quiso entender, convirtiéndola en una búsqueda, una disciplina, un dogma. Sus organizadores sabían que sin oraciones, ritos, ayunos y amenazas infernales, no habría negocio. Colin Goldner (“El mito del Tibet”): «Aquél que no obedezca las leyes divinas de los lamas se encontrará a sí mismo, inevitablemente, en uno de los dieciséis infiernos. Uno de estos consiste en ser sumergido hasta el cuello en un “maloliente pantano de excrementos”, mientras, al mismo tiempo, es “picoteado y roído hasta el hueso por los afilados picos de navaja de los enormes insectos que allí viven”. En otros infiernos uno es quemado, estrellado, exprimido y aplastado por grandes piedras o cortado en mil piezas por inmensas cuchillas afiladas…» Y esto se repite constantemente por épocas inmensurables. Lo que este tipo de karma, iracundo y patológico provoca en las cabezas de personas simples y sin educación –sin mencionar las cabezas de niños de tres o cuatro años quienes son saturados con esta información– uno solo puede imaginárselo con estremecimiento.

La devoción o la idolatría establece un valor particular a cada individuo dependiendo de su apariencia. Idolatrar a una divinidad es dar por hecho que todo lo demás carece de divinidad o trascendencia. Solo aquellos que comparten la misma devoción serán dignos de un mínimo de respeto. Tengamos también presente que la idolatría hacia una divinidad, sea celestial o terrenal, conlleva su contraparte: la animadversión a otra divinidad o persona. Es difícil adorar a un dios como Yahvé sin aborrecer a satanás. Es difícil adorar al dios de una religión sin desdeñar o despreciar al dios de otras religiones y a sus fieles. La idolatría es, por lo tanto, un fenómeno discriminatorio, divisorio: genera a partes iguales tanta devoción como odio. En un mundo terrenal donde, según la religión, nada es sagrado y el mal y la tentación campan por sus anchas, todo se vuelve incierto y sospechoso. Este fervor y a la vez temor, esta continua dependencia hacia este todopoderoso e impredecible Dios mantiene al hombre atrapado, incluso hoy día, en un permanente estado de ansiedad, inseguridad, desasosiego, un estado de conciencia predominantemente infantil, muy similar a la mentalidad que tiene el niño respecto a esos dioses omnipotentes que son sus padres, quienes a bien tienen decidir en todo momento qué es lo más conveniente para él. El adulto que no ha madurado emocionalmente sigue necesitando una autoridad que lo escuche, que lo guíe, que vele por sus necesidades. Psicológicamente sustituye a los padres biológicos por este otro padre celestial mucho más poderoso.

Poco importa que la religión ya no tenga el mismo peso que antaño, ni siquiera que el hombre haya perdido su fe en este difuso y distante Dios, pues por desgracia aún sigue vigente el mismo concepto de mundo verdadero y falso, el mismo sistema jerárquico de valores pero con sutiles cambios. Ya no es ese viejo y severo dios de la religión del Libro quien gobierna la civilización sino el joven dios del capitalismo. Ahora el infierno es la pobreza y el paraíso es la riqueza. Se ha sustituido al jefe de la fábrica pero la maquinaria sigue siendo la misma. El sistema solo ha cambiado de manos, y ahora tenemos a un jefe mucho más abstracto. ¿O más bien muchos jefes? La idolatría se ha diversificado en múltiples ramas donde cada cual encuentra su divinidad o ídolo bajo la forma de un personaje popular, ya sea un actor, un cantante, un gurú o un político. En esta era de las comunicaciones poco importa que la fama de un personaje solo se deba a una simple cuestión de imagen o de propaganda. Lo importante es que sea conocido, que se hable de él. El talento es secundario. Los ídolos humanos solo son ídolos si se habla de ellos, de lo contrario no son más que meros mortales sin valor aparente, de la misma manera que los dioses solo son dioses si se habla de ellos, de lo contrario nadie los conocerá.



Algo muy diferente al sistema de creencias de las sociedades animistas, donde no se trata de creer ni adorar a un determinado dios incomprensible sino de conocer la vida a través de la experiencia extrasensitiva. Gracias a la física cuántica sabemos que el cerebro no percibe lo que ve sino lo que quiere ver, alterando la naturaleza de lo observado por el mero hecho de observar (famoso experimento de la doble ranura). Los físicos han descubierto que las unidades básicas de materia, las partículas subatómicas, poseen propiedades de campo, es decir que no pueden ser aisladas como unidades o bloques individuales. El universo, al igual que nuestro cerebro, funciona -en mi opinión- como un gran holograma donde todo está conectado con todo. No hay nada fuera de nosotros ni nosotros estamos fuera de nada. Michael Talbot, autor del libro "Misticismo y física moderna", decía que "Ahí fuera no hay luz ni color, sino solamente ondas electromagnéticas; ahí fuera no hay sonido ni música, sino solamente variaciones periódicas en la presión del aire; ahí fuera no hay calor ni frío, sino solamente moléculas que se mueven con mayor o menor energía cinética media, y así sucesivamente. Lo que hay tanto fuera como dentro es un torbellino vertiginoso de ondas/partículas en diferentes intensidades de vibración. En lo que se refiere a nosotros podría decirse que somos, a la vez, una expresión más de ese mismo torbellino y la Conciencia que lo está provocando o de la que está emergiendo". Uno de los padres de la física cuántica, Ervin Schrödinger, lo expresó del siguiente modo: "Mi mente y el mundo están compuestos de los mismos elementos. El mundo me viene dado de una sola vez: no hay el mundo que existe y el que es percibido. El sujeto y el objeto son solamente uno". Algo muy similar dijo Joseph Pearce, escritor inglés: "La mente del hombre refleja un universo que refleja la mente del hombre".


El fracaso del yo divisorio

Habiendo sido educado en un sistema jerárquico, competitivo y materialista, basado en el principio de obediencia y sacrificio, el hombre “civilizado” carece, como hemos dicho, de la habilidad para madurar emocionalmente, para responsabilizarse de sí mismo y vivir libremente a fin de acceder a niveles superiores de conciencia. Desde su nacimiento es condicionado para percibir el mundo de manera fragmentada, unilateral: un dios creador y lo creado, un mundo verdadero y un mundo falso, un cielo y un infierno, un santo y un pecador, un pobre y un rico, un blanco y un negro, un paisano y un inmigrante, un emprendedor y un holgazán, un listo y un torpe... El condicionamiento a su vez alteró la naturaleza original de la mente, creando filtros y barreras psíquicas que impedían la posibilidad de percibir una realidad más amplia donde no existe la división sino la alteridad. De modo que para poder funcionar de acuerdo al condicionamiento programado, forzosamente debía fraccionar, clasificar, diseccionar, discriminar. Todo lo que no fuera YO quedaba relegado al “mundo exterior”. Así surgió la mente fragmentada: el yo divisorio. Tales condicionamientos, sin embargo, sólo pueden ser efectivos a partir de la infancia, cuando el niño no ha desarrollado sus capacidades cognitivas y depende en todo momento de sus padres, maestros y sacerdotes, que inconscientemente repiten lo que hicieron con ellos mismos: suplantar la personalidad original del niño por otra más acorde a los intereses de la sociedad y los poderes, impidiéndole crecer y seguir su destino natural. Dividen su mente para que él mismo se castigue, juzgue y limite su espontaneidad y energía. Le hacen ver que no le aman por lo que es sino por lo que debería ser, premiándolo si lo consigue. De manera que el niño aprende a luchar contra sí mismo, a quemar sus energías para convertirse en otro, en un personaje ideal, en una ilusión. Así es como le enseñan el camino de la falsedad, del temor (a ser él mismo), de la dependencia. Sacrifican “su alma” a cambio de una falsa identidad muy elaborada que le sirve para desenvolverse dentro de unos límites sociales establecidos. El problema de este sustitutivo es que deja de ser efectivo fuera de su entorno conocido. De ahí el miedo generalizado a la soledad, al rechazo, a la muerte, pues en tales circunstancias la falsa identidad pierde su funcionalidad.

Cuando los niños se hacen adultos, trasladan ese mismo principio de autoridad y competitividad hacia los demás, reproduciendo su desequilibrio interno a nivel global. El sentimiento de aislamiento e insignificancia existencial que genera esta fragmentación de la identidad, crea en muchas personas un complejo de inutilidad o inferioridad que en vano tratan de combatir mediante una continua exhibición de sus facultades, de su poder. Pero este deseo de poder no surge precisamente de la fuerza sino de la debilidad, de la incapacidad de resistir esta fragmentación, este aislamiento ante la realidad o la alteridad. El deseo de ser exclusivo y fuerte enfrentado al sentimiento de angustia, temor, impotencia e infravaloración, produce un conflicto mental que solo puede aliviarse mediante un comportamiento posesivo o masoquista. Pero vuelvo a lo de antes: es la debilidad, la incapacidad de resistir el peso del yo fragmentado lo que conduce a esta insana relación de dependencia con el otro, ya sea un individuo, una institución, un dios o una ideología. Siendo el sadismo y el masoquismo dos caras de una misma moneda, la mayoría de las personas necesitan depender de un dirigente o un grupo de poder para posicionarse en contra de otros. Si bien la sumisión –la idolatría– a un líder o una institución les otorga la posibilidad de sentirse protegidos y acompañados por millones de personas que comparten sus mismos sentimientos, el odio a otros líderes e instituciones, en cambio, les otorga un sentimiento compensatorio de fuerza y poder. De esta manera persiguen la obediencia para ejercer su autoridad; persiguen la unión para dividir o destruir, adormeciendo así los síntomas de su propio sufrimiento, pero sin eliminar jamás el origen de sus conflictos internos.

También el satanismo es un claro ejemplo de esta sumisa dependencia a un ídolo (esta vez mitológico) con el fin de ejercer un poder. Solo que en este caso los llamados satanistas o luciferinos pueden dar rienda suelta a su sadismo y justificarlo sin sentirse avergonzados, aparentemente liberados del temor al castigo infernal, de manera muy similar a esos dictadores "católicos" que ejercían su sadismo contra minorías sociales con la justificación de salvar a su pueblo de las garras de la anarquía comunista o de la conspiración judía. Es importante saber que todos los miedos humanos son ramas de un mismo árbol cuya raíz es la muerte física: la pérdida de este falso yo sustitutorio. Esta permanente sensación de temor  e impotencia ante la muerte ha generado innumerables guerras y conflictos a lo largo de la historia, pues es precisamente en la guerra, en el juego con la muerte, donde el ser humano alcanza su máxima abstracción, aunque resulte paradójico. Independientemente de la  situación social que se viva, hay quienes seguirán inmersos en su banal rutina y quienes buscarán cualquier justificación para lanzarse directamente a los brazos de la muerte, dándole así un último sentido a su vida. Y es que el mayor temor para la mente fragmentada no es la muerte sino la carencia de una identidad particular. Es la identidad, por encima de la razón, la moral o el intelecto, lo que le da un poco de sentido a su vida. Capaz es de sacrificar su vida, asesinar o apoyar el asesinato de vidas humanas  si eso le sirve para defender su identidad: su cultura, su religión, su ideología. Incluso se podría decir que busca el enfrentamiento no tanto para defender su identidad como para reforzar, consolidar la ilusión de tener una identidad, y con ello una responsabilidad, un destino, una meta. De esta manera el yo divisorio puede compensar  su  sentimiento de vacuidad con la motivación de ser o sentirse un elegido, un justiciero de Dios, de Hitler, de Stalin o de fulano.   

Así pues, la idolatría no necesita de la religión o de un Dios omnipotente para manifestarse en toda su radicalidad. Que una persona no esté dominada por la creencia religiosa o la fe no significa que sea plenamente objetiva y racional, puesto que el ateísmo occidental no es más que otra creencia: la creencia en la no creencia religiosa, una contra-respuesta a la teología institucionalizada. Un buen ejemplo lo encontramos en el comunismo bajo las figuras de Stalin, Mao, Kin Jong Un, líderes muy humanos y disfuncionales considerados cuasidivinos por la mayoría de su pueblo. La fe, la devoción en un dios todopoderoso se trasladada en este caso a un dirigente terrenal. En estos regímenes el ciudadano ni siquiera tiene un alma más o menos imperfecta, ni siquiera puede aspirar a la salvación en el otro mundo. Todo él se reduce a una herramienta, un pedazo de materia cuyo único cometido es su capacidad de entrega en aras del sistema. Su pensamiento se ha mecanizado y reducido a un único objetivo: servir lo mejor posible. Este lavado brutal de cerebro solo es posible desde la infancia. Solo entonces puede el ciudadano convencerse de su insignificancia ante al gran líder. La única motivación de su vida es el honorable sentimiento de servir a este dios terrenal sin importar las barbaridades que cometa. Pero como ya hemos dicho que la sumisión o la idolatría necesita obligatoriamente su contraparte o su fuerza compensatoria, el obediente trabajador será él mismo un dictador hacia otros trabajadores que se encuentren en un puesto categóricamente inferior. La devoción hacia su líder se reflejará en pura animadversión hacia otros líderes del mundo que no sean sus aliados.




No muy diferentes son esos regímenes dictatoriales donde sí es admitida y defendida la religión, como sucedió en las dictaduras fascistas de Mussolini, Hitler, Franco o Pinochet, que a bien tuvieron todos ellos de utilizar el cristianismo católico para justificar su poder, autoproclamándose elegidos de Dios en su misión de guiar convenientemente a su pueblo hacia un destino universal. Si bien en este caso el ciudadano sigue siendo una herramienta al servicio del poder, aún cuenta con un alma y un sentido de trascendencia, aunque solo sea con los de su mismo credo y “raza”. Afortunadamente este tipo de totalitarismos políticos ha sido prácticamente desmantelado, siendo sustituidos por un totalitarismo financiero aparentemente más benévolo y democrático, cuyo gran líder es el dinero.




Una buena parte de la población mundial cuenta hoy día con suficientes medios de información como para tener un conocimiento más objetivo de la realidad y por ende de sí misma. El analfabetismo y la desnutrición han desaparecido prácticamente de las sociedades desarrolladas, y fácilmente se puede contrastar cualquier información sospechosamente sesgada o manipulada. Nunca antes ha contado el ser humano con tanta información a su alcance, y sin embargo sigue sin encontrar el sentido de su vida, su trascendencia. De hecho todo parece aún más confuso y caótico que antes. Los principios morales o educativos no parecen haber mejorado, más bien al contrario: el tráfico de personas, armas y drogas parece aumentar progresivamente año tras año a nivel global, y con ello la delincuencia y la criminalidad. El terrorismo se ha implantado como un nuevo sistema de violencia y la amenaza nuclear es más palpable que nunca. El individuo común sigue viéndose como una  partícula insignificante en un universo infinito e intrascendente, pero esta vez perdido en una desoladora libertad, independizado en gran medida de ese viejo y celoso dios de la religión. Al ser incapaz de conocer su verdadero ser, de expresar sus sentimientos reprimidos y confiar en sí mismo, no le queda otra que buscar su identidad en el reconocimiento, en la aprobación de los demás, en la fama, actuando de acuerdo a lo que se espera de él. De esta manera puede verificar su individualidad y existencia en las opiniones de los demás, que le ayudan a saber quién es él. Ahora bien, la sustitución de su identidad original por este falso yo, lejos de eliminar el temor y las dudas, las intensifica, puesto que él se convierte en un peón, una simple herramienta al servicio del otro, ya sea una persona, un público, una secta o un poder institucional. Tal sumisión sólo puede ser compensada, como ya hemos dicho, mediante una personalidad sádico-masoquista, que no necesita de ningún acto sádico radical para ejercer su autoridad manipuladora hacia los más indefensos, a los que sí puede controlar: “Si te pego es porque me preocupo por ti, porque te quiero”. “Nunca encontrarás a una persona que te comprenda mejor que yo”… Demostrando “atención y cariño” solo cuando su autoridad es obedecida. Por desgracia este desequilibrio de la personalidad o supresión de la percepción es la norma en el ser humano, cuyos efectos son claramente palpables en todos los ámbitos de la sociedad, desde el sistema político-económico al sistema educativo.




Sean o no creyentes, la mayoría de las personas siguen cargando en sus mentes con el concepto judeocristiano del masoquismo como purificación: de que las cosas sólo entran con dolor (quien bien te quiere te hará llorar), de que la vida es un valle de lágrimas o que el mundo verdadero está por llegar. El actual sistema escolar se construyó a partir de esta aberración. Como ya dije en mi artículo "El gran fraude del sistema educativo", la mayoría de los jóvenes son chantajeados emocionalmente para memorizar durante años extensos y tediosos párrafos que rápidamente olvidan tras los exámenes, pues, lo que no se aprende con placer, la mente lo vomita rápidamente como un veneno. ¿Eso es educación? ¿Pero quién disfruta? Nada aprende quien no disfruta aprendiendo. Incluso las denominadas escuelas laicas están completamente influenciadas por la religión, por siglos de autoritarismo y represión a manos de militares y sacerdotes, ya que al niño se le exige –bajo amenaza de castigo– que no dude, que tenga fe en todo lo que se le dice y ordena. Así pues, los libros de texto son tomados como catecismos y no como herramientas formativas; el papel del profesor es el papel del sargento, del sacerdote, donde nada de lo que dice puede ser cuestionado; contradecirle es faltar a lo más sagrado, al establishment, a todo el sistema educativo. Semejante osadía sólo puede conllevar nefastas consecuencias al estudiante curioso e inconformista. Paradójicamente, aquello que nos hizo bajar de los árboles, aprender a caminar erguidos y a pensar: la duda y la curiosidad, será repetidamente reprobado por quienes deberían dar ejemplo y fomentarlo.

¿Cómo vamos a fomentar la paz, la igualdad de derechos y la cooperación si desde las escuelas les negamos a los jóvenes sus derechos más básicos? ¿Cómo van a convertirse en personas cívicas y responsables si les estamos enseñando un modelo de conducta autoritario, competitivo y discriminatorio? Cuando los niños dependen en todo momento de lo que los padres o maestros digan o manden, estos niños se convierten de mayores en personas sin iniciativa propia y dependientes crónicos de las autoridades políticas y religiosas como padres-profesores de reemplazo; aceptarán cualquier orden que reciban, incluso cualquier sugerencia, sin apenas cuestionarla, tal como hicieron tantos nazis en la segunda guerra mundial.  

Muy distintas son aquellas personas que desde su nacimiento tuvieron la oportunidad de ser amadas y respetadas sin condiciones, ya pertenezcan o no a estas sociedades “civilizadas”. O bien aquellas otras que, habiendo sido educadas en la competitividad y en la violencia emocional, tuvieron el valor de enfrentarse a sus miedos, a sus limitaciones mentales. Quienes conocen su naturaleza espiritual no necesitan someterse a nada ni a nadie porque no se sienten separados de nada ni de nadie: saben que no hay vacío sino presencia: que todo es energía universal bajo diferentes vibraciones. Como decían los sabios de oriente: “El miedo divide las cosas en opuestos. El amor las vuelve a unir”. Todos nacemos con una sabiduría innata, intuitiva, que fácilmente desarrollamos cuando somos tratados con respeto, cuando nos dan la libertad de ser lo que somos, y no lo que deberíamos ser. Por lo tanto no necesitamos gurús ni logias ni escuelas espirituales. No necesitamos a nadie que nos diga lo que debemos saber o cómo vivir. Todos somos aprendices de la vida.  Este sentido de libertad, de confianza en uno mismo, no significa estar cerrado a los demás sino todo lo contrario: es escuchar con respeto todas las opiniones, estar abierto a cualquier consejo o enseñanza, pues vivir en libertad es saber escuchar. De hecho es precisamente en la libertad cuando más aprendemos de nosotros mismos y de los demás. Dicho así, todas las personas se convierten entonces en nuestros maestros, pero esta vez desde un sentido  trascendente, espontáneo: tomamos con agradecimiento lo que consciente o inconscientemente nos ofrecen, ya sea un ejemplo positivo o negativo, para acto seguido continuar nuestro camino. Todo lo contrario de  aquellos que necesitan compensar su dependencia a una autoridad política o "espiritual" posicionándose en contra de quienes no piensan o actúan tal cual. Depender  no es otra cosa que discriminar. Tan dependiente  es el aprendiz del maestro como el maestro del aprendiz.


La metodología como principio y fin del conocimiento

Una profunda dependencia a la autoridad también se manifiesta en una profunda dependencia al  sistema, sin importar su contesto. Puesto que la mente fragmentada carece de fluidez, de intuición, de  una visión panorámica de la realidad, necesita todo tipo de técnicas o metodologías para mantenerse segura y protegida en su espacio vital. Necesita dirigir tanto como ser dirigida. Por lo tanto es prácticamente incapaz de aprender un conocimiento si no es a través de una metódica disciplina. El problema de este aprendizaje es que está basado en la memorización, más que la intuición y el sentido común. La persona simplemente memoriza las directrices y soluciones de un particular conocimiento para aprender dicho conocimiento. Para la mente fragmentada la finalidad del sistema es, por lo tanto, la memorización del propio sistema, cuando en realidad debería ser un mero punto de partida a la indagación, a la intuición. Este circuito cerrado del conocimiento metodológico se vuelve inútil o inoperante ante la imprevisibilidad de un acontecimiento que no esté descrito y analizado por el propio sistema. No niego la importancia de la metodología como un esbozo de aprendizaje, pero no estoy de acuerdo en que se utilice como un fin en sí misma.  



Incluso las denominadas meditaciones trascendentales están sujetas a rígidas metodologías que no hacen sino limitar la propia meditación. ¿Acaso para pensar necesitamos respirar y estar sentados de una determinada manera? Entendamos la meditación como un estado de conciencia diáfano, receptivo: estar en paz y armonía con todo lo que nos rodea, sin tratar de diferenciarnos ni aislarnos de nada, como un sentimiento de integración con el universo. Meditar es enfocarse en el yo original, recuperar lo que inconscientemente bloqueamos en el proceso educativo, y para ello no se necesita de ninguna técnica, solo SENTIR. No es necesaria ninguna postura, mudra, mantra o técnica de respiración, la propia lucidez genera su propio ritmo respiratorio. Vivir con atención, sintiéndonos parte del Todo, no es un esfuerzo sino todo lo contrario: es una liberación. Vivir es meditar, y meditar es vivir. El hombre civilizado sigue buscando lo sagrado como el pez que busca una gota de agua en el océano. La luz que busca en las escrituras o en los ídolos ya está en su interior como una bombilla encendida bajo una montaña de basura. No es cuestión de buscar la luz fuera, sino vaciarnos de pre-juicios para descubrirla en nuestro interior. TODOS ESTAMOS ILUMINADOS, pero la mayoría seguimos cegados por nuestros propios miedos y creencias.

La memoria tiene dos dimensiones: pasado y futuro. La consciencia crea una tercera dimensión: el presente. Sin consciencia viviremos como autómatas repitiendo el pasado en el futuro, sin pasar nunca por el presente. Quienes están cegados por la mente fragmentada, sometidos al yo divisorio, crean inconscientemente un muro de preconcepciones o prejuicios que les impide acceder a la consciencia, a la realidad, utilizando el presente como una pantalla mental donde proyectar el pasado. De esta manera el yo divisorio puede  tomar el control identificándose con el  reflejo de la memoria, y no con la inabarcable realidad, donde pierde su razón de ser.  Es como si estas personas confundieran el reflejo de la luna en el agua con la propia luna. Confunden lo que fueron con lo que son, lo que hicieron con lo que hacen. Repiten los mismos pensamientos con diferentes combinaciones de palabras, las mismas acciones con diferentes movimientos.  Buscan su individualidad tratando de parecer excepcionales, cuando en verdad solo son esclavos de un falso yo impuesto por otros y que decide por ellos mismos (si bien es cierto que su yo original nunca deja de palpitar). Incluso si se sienten atraídos por la realidad, tratarán de acceder a ésta desde la memoria, de manera cuadrangular, sistemática. Quienes ven la espiritualidad como una disciplina o tarea no hacen sino  alimentar  este yo divisorio, que necesita  de la  disciplina para mantener su predominio frente al yo intuitivo y original. Otros buscarán la iluminación acumulando cada vez más conocimiento, más metodología espiritual, como si la iluminación estuviera oculta en algún rincón de ese conocimiento. Pueden pasarse media vida estudiando complejos sistemas de desarrollo personal con la justificación de buscar la verdad, cuando bien saben que todo lo que necesitan es estar en silencio. De haber tenido el valor de dar ese paso se habrían ahorrado media vida "buscando".

También el reiki, una terapia energética muy extendida actualmente, está sujeta a  una confusa metodología de símbolos que a día de hoy sigue sin comprobarse sus efectos sanadores. Ahora bien, si el estudiante que memoriza y aplica mentalmente estos símbolos en sus clientes cree que le van a hacer un bien, es muy posible que así sea, pero no por la naturaleza mágica de los símbolos sino por el poder de su intención, que añadida a la sugestión del cliente genera un efecto benéfico. Esto lo sabe muy bien el doctor Ángel Escudero, que lleva más de 40 años operando a sus pacientes sin anestesia química, solo con el poder de la intención, de la palabra. No solo es capaz de operar sin anestesia química sino que además consigue que el paciente se programe mentalmente para que su cerebro anule indefinidamente un dolor específico, sin interferir con otro tipo de dolores o molestias futuras que puedan ser avisos de posibles enfermedades. Igualmente extraordinario es el hecho de que en más de 40 años de intervenciones quirúrgicas ni un solo paciente ha padecido una infección posoperatoria, ya que la psicoanalgesia o noesiterapia -como  así la denomina él- no es invasiva como la anestesia química y solo se realiza cuando el paciente se encuentra en un estado mental óptimo, positivo: cuando las defensas del cuerpo están en su máximo nivel. A diferencia de la mayoría de terapias, la noesiterapia es casi instantánea y no necesita de ninguna metodología. Lo único que importa es la convicción del médico en las capacidades sanadoras del paciente, que con unas sencillas órdenes dadas a sí mismo conseguirá autoanestesiarse: "Necesito que mi pierna derecha pierda toda sensibilidad", poniendo en marcha mecanismos cerebrales que la ciencia desconoce actualmente. Este afanoso deseo del médico a que el paciente se cure (que, según Escudero, no es otra cosa que amor, la energía más poderosa que existe) unido a la confianza del paciente hacia el médico, da lugar al  "milagro". Una vez el paciente sea consciente del inmenso poder de su mente, ya no necesitará a su médico para seguir dándole órdenes positivas a su cerebro. ¿A qué nos lleva todo esto?  A una afirmación que ya repetían los antiguos sabios: que la mente controla la materia.


 


El poder de la experiencia frente a la creencia

Tanto las emociones como los pensamientos están regidos por el poder de la mente y el cuerpo energético. Las células simplemente procesan esas emociones en forma de hormonas como las endorfinas o el cortisol. Es decir que las neuronas y demás células son las herramientas físicas que utiliza nuestro cuerpo energético para anclarse en el cuerpo físico. Por desgracia no son pocos los científicos que afirman todo lo contrario: que la materia crea vida, conciencia. Pero eso es como decir que un martillo produce al carpintero, o un piano al músico. La música no la crea el piano sino la mente del músico. El movimiento de las neuronas, por ejemplo, es la huella o el rastro de la consciencia operando a través de la materia. De hecho nuestro cuerpo energético puede hacer los ajustes necesarios para restituir o reconectar sin problemas algunas zonas lesionadas o paralizadas del cerebro, manteniendo así la totalidad de las funciones. Fijémonos en las ondas cerebrales de los humanos: todos comparten las mismas ondas beta, alfa, zeta y delta, pero dependiendo de su grado de lucidez utilizarán unas ondas más que otras. Una alta frecuencia energética se traduce en ondas alfa de gran amplitud, es decir en un buen equilibrio eléctrico de los hemisferios izquierdo y derecho del cerebro: el corazón late más despacio, baja la presión de la sangre, la respiración es más profunda y hay una mayor resistencia de la piel a la electricidad. La conclusión a todo esto es que la persona feliz es fisiológicamente diferente a la persona que no lo es.  

Muchos científicos y eruditos utilizan la lógica matemática para comprender el mundo, pero también se puede comprender observándolo en profundidad, sintiéndolo, captando su energía, sus vibraciones. Utilizar sólo la razón objetiva es como describir un bosque utilizando sólo la vista. Si tapas tus oídos al mundo no escucharás el canto de los pájaros, el murmullo de un riachuelo, los insectos revoloteando, el viento deslizándose entre las ramas. Si no utilizas el tacto, otras sensaciones se perderán. Al no haber sido estimulados para desarrollar desde la escuela nuestras capacidades artísticas y extrasensoriales (con sencillos y divertidos juegos intuitivos de adivinanzas y visualizaciones) de la misma manera que nuestras capacidades racionales y deductivas, la mayoría carecemos de la habilidad para percibir conscientemente una banda más amplia de campos energéticos. Mediante la meditación y el entrenamiento de nuestras capacidades (extra)sensoriales, podemos encontrar respuestas a enigmas que la razón, por su limitada naturaleza, no puede alcanzar. Es inimaginable la cantidad de descubrimientos fabulosos que harían los científicos si pudieran percibir y manejar la energía universal, el prana. Pero para ello tendrían que estar en profundo silencio interior. De no dar ese paso, no les quedará otra que negar la existencia de tal energía. Pero negar algo simplemente porque no puede demostrarse con herramientas físicas es cualquier cosa menos profesional. Negando otro punto de vista, otro modelo de investigación que no sea el tradicional, niegan la propia investigación, fracasan antes de empezar siquiera a investigar. La fe ciega en la razón, en la tradición cartesiana, los convierte en fanáticos creyentes.

Cosas que parecían tan evidentes como la teoría del espacio absoluto de Newton o el Principio de identidad aristotélico se han demostrado falsas. ¿Quién podía imaginar entonces que una partícula puede estar en dos sitios a la vez, o que el espacio y el tiempo son la misma cosa? Nina Canault, una periodista científica y filósofa, decía que  «los físicos modernos ya no pueden describirnos el mundo tal cual es sino informarnos sobre el modo en que nuestra mente puede abordar este mundo, y no sobre este mismo mundo». Sí, quizá la vida pueda parecer una incongruencia total, un completo disparate, pero también pienso que todo sería más absurdo, más falaz, más desternillante si sólo existiera la lógica. La vida es demasiado inconmensurable como para creernos poseedores de sus secretos. Podemos interpretar nuestras experiencias de acuerdo a nuestros conocimientos, pero otra cosa es conocer la verdad. La auténtica sabiduría nace de la humildad, del asombro y el respeto a lo desconocido. Quien cree en la verdad no conoce la verdad. Quien conoce la verdad no cree en la verdad. Hay quienes necesitan compensar su poco o ningún conocimiento de sí mismos con un exhaustivo conocimiento intelectual, convirtiéndose en especialistas del lenguaje técnico, del concepto, del matiz, lo que a su vez los convierte en esclavos de su propia metodología, incapaces ya de experimentar la vida de manera pragmática y espontánea, tal cual es. Siguen sin comprender que lo importante no es conocer ni ser conocido sino llegar a conocerse. Lo triste de todo esto es que muchas de estas personas seguirán huyendo de la realidad en el último tramo de su vida, evadiéndose en irrisorias banalidades en vez de afrontar su situación y prepararse para la siguiente etapaTanto el científico como el religioso deberían estudiar más a fondo las demás ciencias o religiones si acaso desean tener una mayor perspectiva de la propia. Pero sobre todo deberían estudiarse más a sí mismos. No es ignorante el que no sabe nada, sino el que sabe mucho de muy poco.

Si bien es cierto que las llamadas "grandes mentes" de la ciencia y la filosofía han hecho avanzar a la humanidad, también han contribuido indirectamente a largos periodos de parálisis o retrocesos científicos palpables incluso a día de hoy. Pues lo que en un principio es considerado una novedad o una racha de viento fresco, se convierte al cabo de un tiempo en una persistente y enfermiza reiteración de lo mismo, un enmohecimiento de las capacidades humanas. Y es que a la mente fragmentada le supone gran esfuerzo aceptar el cambio, la novedad, y solo da su brazo a torcer cuando hay un buen motivo para ello. Ahí tenemos a Aristóteles, Charles Darwin, Immanuel Kant, Karl Marx, Sigmund Freud... Maestros todos ellos de la metodología más sesuda. Con tamaña edificación de conceptos, ¿cómo no iba a sentirse seducida la mente fragmentada? No es de extrañar que a Sigmund Freud lo convirtieran en una figura casi religiosa: "el padre del psicoanálisis". Y por supuesto al padre no se le puede contradecir:  HAY QUE RESPETARLO, como así ocurrió durante muchas décadas. Lógicamente aquellos que tuvieron la osadía de cuestionarlo fueron convenientemente desacreditados por la comunidad médica o psiquiátrica de la época. 

Aunque la obra de Freud contribuyó a un mayor conocimiento del inconsciente, dio pie, más adelante, a una sucesión de terapias conductuales donde lo importante no era tanto la curación del paciente como su progresivo reacondicionamiento a un estado neurótico más llevadero, además de su inagotable disponibilidad a la hora de pagar, pues no  hay mejor  cliente para el psicoanalista ortodoxo que un cliente fijo. Afortunadamente la gente ya se ha olido la trampa y este tipo de terapias  está en progresivo desuso, siendo  reemplazadas por otro tipo de terapias  más dinámicas y eficaces, como la hipnoterapia regresiva, la terapia Gestalt, la terapia transpersonal, la PNL... Hoy día es innegable que una gran parte de la obra de Sigmund Freud y Charles Darwin, por citar dos de las figuras más relevantes de la historia, es del todo incorrecta.  Evidentemente  existe  un inconsciente y una evolución de las especies, pero muy poco tiene que ver la teoría que lo explica con la realidad.


El suicidio de la mente fragmentada  

A tal punto está inmerso el hombre civilizado en la mecánica del sistema metodológico que incluso confunde el intelecto o la capacidad intelectual con la capacidad emocional, como si la memorización de datos o la información se tradujera en sabiduría. Hay una frase muy cierta que dice que el sentido común es el menos común de los sentidos. ¿De qué sirve una alta capacidad intelectual si se carece de la más mínima capacidad emocional o empatía, que es lo que realmente nos hace humanos, inteligentes? Está demostrado que la mayoría de los psicópatas asesinos poseen un cociente intelectual por encima de la media. Algo similar ocurre con muchos políticos y financieros. Todas las injusticias humanas nacen de este desequilibrio entre la capacidad intelectual y emocional.  Evidentemente también hay muchas personas que disfrutan de un alto cociente intelectual bien compensado con su cociente emocional. Son precisamente estas últimas quienes hacen avanzar a la humanidad. Cuántas veces hemos oído decir que las computadoras son miles de veces más inteligentes que el ser humano, y que en un futuro lo serán millones de veces. Pero lo que no se dice es que la "inteligencia" de una máquina o de un cerebro artificial solo cuenta con una capacidad que podría llamarse computacional o algorítmica, mientras el ser humano cuenta con múltiples capacidades que en conjunto crean la verdadera inteligencia, como es la capacidad creativa, espacial, lógico-matemática, lingüística, cinestésica, interpersonal, intrapersonal, plástica, naturalista, existencial, verbal, colaborativa, emocional, etc.  Afirmar que  la inteligencia del hombre depende  de su capacidad  intelectual es tan ridículo y estúpido como afirmar que la grandeza del hombre depende  del tamaño de su pene. Esta obcecación, esta monomanía de las sociedades "civilizadas" con el intelecto y todas sus variantes  es un claro ejemplo de mentalidad fragmentada, que necesita afanosamente de la acumulación de datos y sistemas para generar su ilusoria realidad o cosmogonía.




Que las máquinas sean millones de veces más inteligentes que nosotros no supondrá ninguna amenaza a nuestra especie, el problema vendrá cuando adquieran nuevas capacidades: cuando sean capaces de soñar, gastar bromas e inventar chistes. Pero no hace falta remontarse al futuro. Hoy día el ordenador es, con diferencia, el mejor amigo y maestro de muchos niños, pues a diferencia de los padres y los profesores, que suelen comportarse como sus amos o jefes, el ordenador le da respuestas auténticas e instantáneas sin censurar o edulcorar. No cuestiona sus intenciones, no castiga ni exige obediencia o respeto, simplemente responde sin pedir nada a cambio, y eso lo convierte en su más honesto confidente.  Es como si  los humanos nos estuviéramos maquinizando y las máquinas humanizando. Esta dependencia a la inteligencia artificial no es más que otra compensación de la mente fragmentada, que muy astutamente trata de sustituir o silenciar el yo original con este otro yo artificial. No es de extrañar que dedique tantos esfuerzos en "conectarse" a  un doble artificial que le permita esquivar definitivamente la muerte. De hecho los científicos aseguran que en un futuro no muy lejano podremos volcar nuestro cerebro en un soporte tecnológico, cargarlo en un ordenador y reiniciarnos en un mundo virtual. Una idea tan descabellada como aterradora. Es como si la realidad virtual tuviera para el hombre "civilizado" un valor superior a la propia realidad, como si la información ilimitada pudiera sustituir a la intuición y al autoconocimiento. Por eso pienso que no habrá un enfrentamiento directo entre humanos y máquinas, puesto que ambos serán un solo cuerpo, un solo organismo. Si habrá, quizás, un enfrentamiento visceral entre su lado natural y artificial. ¿No es lo que actualmente está ocurriendo?
    
La ciencia, al igual que la religión, está enclaustrada en sus propios prejuicios. Es cierto que los científicos basan sus descubrimientos en hechos, pero para interpretar esos hechos necesitan muchas veces apoyarse en creencias ortodoxas, en ideas preconcebidas. De ahí que muchas teorías científicas que se dieron por verdaderas durante décadas se hayan declarado finalmente falsas. No por creer ciegamente en la razón son mucho más racionales que aquellos que creen ciegamente en los preceptos de su religión. Pero ¿por qué esa reticencia monumental de los científicos de investigar las capacidades extrasensitivas del ser humano y de validar la existencia del cuerpo espiritual? Sospecho que, aun hoy día, los científicos no se han liberado de su resentimiento a una religión que siglos atrás los persiguió por el simple hecho de buscar la verdad.




Solo a partir del renacimiento, tras respaldar la teoría del motor inmóvil de Aristóteles –que sostenía la existencia de un creador universal como el primer motor–, pudieron los científicos proseguir sus investigaciones sin ser perseguidos o denunciados. Pero es evidente que el resentimiento nunca desapareció. Los ingentes abusos cometidos por la Iglesia en nombre de Dios siguen siendo palpables hoy en día. La náusea psicológica tras esa orgía de violencia y fanatismo es notoria en muchas personas de ciencia, que para desmarcarse totalmente de la religión se han desplazado al otro extremo del pensamiento adoptando un sistema de creencias hiperracionales, sin ser conscientes de que todo extremismo es nocivo. Esta reticencia a no salirse de los márgenes del pensamiento cartesiano denota el temor a traspasar las fronteras de la religión. Un temor ciertamente absurdo, y que da por hecho que la religión tiene la patente de la espiritualidad.


La espiritualidad como realidad 

Todos conocemos el inmenso potencial del cerebro para interpretar la información del entorno y construir su propia realidad, o la realidad más adecuada a un determinado estado de conciencia. Esto es un hecho. Ahora bien, ¿es todo producto de nuestro cerebro? Y si es así, ¿cómo son posibles las experiencias extracorporales o de proyección astral donde el sujeto puede observarse a sí mismo desde otra perspectiva espacio-temporal, describiendo acertadamente situaciones fuera del alcance de su cuerpo físico? Einstein dio en el clavo cuando dijo que «es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio». Si bien es cierto que hoy día los científicos tienen una mente más abierta, siguen hablando de los fenómenos paranormales o las capacidades extrasensoriales de la misma manera en que no hace mucho se hablaba de los agujeros negros, los cuales eran vistos como bromas científicas o mitos absurdos. No obstante ambos hechos desafían las leyes de la física que tan bien conocemos. El estudio de la percepción extrasensorial podría sacar a la luz importantes hallazgos que actualmente permanecen en la oscuridad. Muchos investigadores seguramente lo considerarán un trabajo poco serio y marginal, capaz de manchar sus reputaciones. Sin embargo, ¿no es la amplitud de ideas, el afán de superación y el amor a la verdad lo que define a un científico?  




Quien ha vivido una experiencia extracorporal no puede negar la evidencia de que existe en todos nosotros un cuerpo espiritual o energético. Esto es un hecho, y no una creencia. La espiritualidad no es religión ni esoterismo sino realidad: la materia es un producto de esta sutil energía. Hay millones de personas en todo el mundo con la capacidad de controlar a voluntad este cuerpo sutil, no estoy hablando de casos aislados sino de una realidad muy común que ya no se puede seguir ocultando. Y cualquiera puede comprobarlo, solo se necesita una mente abierta, una determinada técnica, un poco de  esfuerzo. La ciencia tiene en sus manos la valerosa decisión de dar ese paso adelante: de afirmar con hechos demostrados que todos somos seres espirituales. Solo entonces dejaremos de sentir la necesidad de idolatrar a personas o dioses que comparten nuestra misma divinidad. Solo entonces empezaremos a evolucionar como especie racional.


José Carlos Andrade García 

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