miércoles, 29 de abril de 2015

Padres infantiles


Los padres que gritan o pegan a sus hijos no hacen sino descargar la frustración del niño incomprendido que (emocionalmente) siguen siendo, ya que tratan de compensar mediante una autoridad incuestionable las atenciones y el grado de poder de que carecieron –es el llamado trauma identificativo: la persona proyecta su pasado traumático en otros para así identificarse con las fuerzas que produjeron su trauma, lo cual le provee de un sentimiento de poder–. Son personas sin autoestima que utilizan la amenaza y la fuerza física para competir con sus hijos en superioridad de condiciones, los cuales sólo pueden protestar hasta cierto punto y tomar nota de lo que significa ser adulto: un/a niño/a grande y abusón/a. Estos padres que fueron adiestrados para obedecer desde pequeños, reproducen de modo cruel esta dictadura con sus hijos a fin de sentirse de una vez poderosos y respetados. Los niños, que no dejan pasar un solo detalle, muy pronto aprenden a ver el mundo como una encarnizada lucha de poderes ejemplificada por los padres. Estos angelitos pronto se convierten en pequeños abusones capaces de detectar la más mínima debilidad o diferencia en sus compañeros de escuela, descargando en ellos el odio y la agresividad reprimida en casa. Un círculo vicioso que se repite de generación en generación.        

A un niño jamás hay que castigarlo o reprenderlo con golpes, insultos ni gritos, pues el niño, que todo lo absorbe a temprana edad, aprende que los conflictos sólo pueden arreglarse con agresividad, repitiendo en el futuro este patrón de conducta cada vez que se vea en dificultades. Ahora bien, no hace falta pegar o gritar nunca a un niño para convertirlo en un maniático depresivo, un maltratador o un psicópata. Un ejemplo son esos padres que inconscientemente impiden al hijo desarrollar sus capacidades cognitivas y emocionales para no sentirse a un nivel inferior, manteniendo indefinidamente su incuestionable autoridad. Cuando la función del niño es ser un simple títere de las aspiraciones de los padres o un chivo expiatorio de sus fracasos, su capacidad emocional queda destruida. Pongamos el caso de unos padres fanáticamente religiosos que se sirven de la inocencia del niño para convertirlo a imagen y semejanza de un ideal sobrehumano y descabellado que sólo sirve para llevarle a un continuo y progresivo sentimiento de fracaso. Incapaz de estar a la altura de tan magnos ideales, al hijo no le queda otra que culparse de todos sus fracasos y honrar a sus padres por todo cuanto hacen por él.

De manera muy similar, hay padres que tratan de superar sus fracasos juveniles amando e incentivando a sus hijos solamente por sus logros. De este modo perpetúan la soledad y fragilidad del niño ante un mundo que cada vez le resulta más exigente y apabullante. Su «gran talento» es el hilo que sostiene su vida, ya que de romperse correrá el riesgo de decepcionar a los suyos y de no ser amado. En el fondo se sabe despreciado ya que nunca ha sido valorado por lo que es sino por lo que puede y debe ser. Consiga o no los objetivos impuestos despreciará su propia debilidad e inseguridad como grandes males ante sus padres y el mundo, despreciando también en los demás sus propias carencias. Puesto que no podrá asimilar el fracaso como un proceso natural de aprendizaje, troncará prontamente su porvenir mitigando la impotencia y la depresión con el alcohol y las drogas.   

Esta hábil manipulación basada en un sutil chantaje emocional pasa generalmente desapercibida cuando los padres gozan de una buena posición social o son miembros ejemplares de alguna congregación religiosa. No es de extrañar que tantos psiquiatras, médicos e investigadores de la conducta humana queden desconcertados cuando un asesino múltiple ha gozado, según la comunidad y su entorno familiar, de una buena educación y de unos padres «solícitos y amorosos». Cuando el propio asesino afirma que tuvo una infancia feliz y unos progenitores que se desvivían por él, a estos médicos y psiquiatras no les queda otro remedio que mirar en el interior del cerebro y culpar a los genes de todos los males. Si no hace mucho se culpaba al demonio de instigar la estupidez humana, ahora son unos genes insanos, malévolos y destructivos quienes seducen y pervierten al hombre. ¿Esto es lo que hemos avanzado en materia de  psicología?

La unidad familiar no consiste en que todos sus miembros piensen y sientan de la misma manera, sino que cada uno acepte y asimile con respeto y amor las diferencias físicas, intelectuales y emocionales de los demás. El chantaje emocional (de los padres) se hace palpable cuando todos los miembros siguen una misma línea de pensamiento ante la religión, la política, el sexo, etc. Cuando los padres establecen, además, juicios y comparaciones entre hermanos, no hacen sino fomentar los roces y rivalidades entre ellos, que a menudo acaban distanciándose hasta perder prácticamente toda comunicación.

En esta dictadura familiar –micromundo de las dictaduras políticas– se perseguirá y castigará sin contemplaciones a cualquiera de los hijos que trate de pensar por sí mismo o infringir las estrictas leyes familiares de obediencia y moralidad. Una vez el hijo rebasa la edad infantil, el castigo físico y la amenaza son progresivamente sustituidos por el chantaje emocional y el sentimiento de culpabilidad, mucho más efectivos. Cuántas veces hemos escuchado a un padre o a una madre gritarle a su conmocionado hijo cosas tales como: «¡Matarás a tu madre de un disgusto! ¡Cuándo yo me muera me llevarás sobre tu conciencia! ¡Si sigues así me matarás de un infarto!...» Todo intento de cambio o liberación por parte de algún miembro del clan será implacablemente frustrado tanto por los hijos como por los padres, pues ya todos han asumido inconscientemente su rol en la familia, así se crea un cómodo equilibrio de fuerzas entre débiles y fuertes, buenos y malos, cuidadores y enfermos. Es muy común, por lo tanto, que estos padres saboteen inconscientemente los logros de alguno de sus hijos cuando éste empieza a recuperarse de alguna disfunción o adicción.

Ser padre o madre es una responsabilidad sagrada, y todo cuanto hagamos por mejorarnos servirá para mejorar exponencialmente la vida de nuestros hijos y descendientes. Hitler no es producto del mal, del diablo o de genes insanos y destructivos, sino de un monstruoso sistema educativo (familiar y escolar) que aniquiló su capacidad emocional. Hitler sacó lo peor de nosotros mismos de la misma manera que Jesús o Buda sacaron lo mejor. Un hijo bien amado da lugar a varias generaciones de personas sanas, responsables y creativas, capaces incluso de enderezar el rumbo de la humanidad. Si durante años estudiamos para obtener una carrera o una titulación, ¿por qué no dedicar un poco de tiempo a conocer los entresijos del comportamiento humano, evitándonos así un sinfín de errores irreversibles? ¿Por qué no plantearnos el reto de aprender lo más difícil que existe: ser un buen padre o una buena madre? Alice Miller: «No podemos culpar a nuestros padres y abuelos por habernos heredado mensajes equivocados, porque ellos no tenían una mejor información disponible en ese momento. Pero nosotros la tenemos hoy en día y no podremos proclamarnos inocentes cuando la siguiente generación nos culpe por haber rechazado la información que teníamos disponible y que era fácil de entender. […] ¿Tenemos derecho a traer un niño al mundo y olvidar nuestro deber?».

Las ideas que tenemos sobre cómo educar a nuestros hijos son generalmente de nuestros padres, que a su vez las tomaron de los suyos, y así sucesivamente. De tanto escucharlas y sufrirlas damos por hecho que nos pertenecen, que siempre han sido nuestras, peor aún: damos por hecho que son correctas. Si carecemos de referencias educativas, si todo nuestro conocimiento pedagógico empieza y termina en la relación con nuestros progenitores y profesores, ignoraremos la existencia de otras alternativas pedagógicas mucho más prácticas y evolucionadas. Consideraremos el castigo físico y el chantaje emocional como algo normal y legítimo. Esta antipedagogía que a nosotros nos parece correcta –y que vemos como una respetable tradición familiar– es en cambio absolutamente anormal e incomprensible para otras comunidades como la indígena de la amazonia, cuya tradición pedagógica es del todo opuesta. En el documental “Don Quijote de la Selva”, el más conocido activista mundial de los derechos de los indígenas, Orlando Villas Bôas, decía que «en más de cuarenta años nunca vi a una madre pegar a sus hijos, ni a un padre regañar a sus hijos, ni a unos padres decirle no a sus hijos». No por querer a un hijo le estamos dando la mejor educación. La mayoría de los padres hemos aceptado, sin apenas cuestionarlo, que los gritos, los castigos y los cachetes son «por desgracia inevitables» en la educación de nuestros hijos, pero rara vez nos paramos a pensar lo que significa pegar a un niño indefenso, por muy democráticos que nos declaremos.    

Amar a un hijo es sencillamente confiar en él, respetarlo. Si no quiere estudiar, por ejemplo, está en su derecho a no hacerlo, no comete ninguna infracción y por el contrario ha entendido con lucidez cuál es el camino que no le beneficia, lo cual ya es un logro a tener en cuenta. Si no está en su naturaleza disfrutar del sistema escolar (algo bastante lógico, por cierto) tiene a su disposición infinidad de alternativas para desarrollar su talento natural, que lo tiene, y que habrá de encontrarlo por sí mismo dándole a elegir las actividades que más le atraigan, sea música, deporte, danza, cine, pintura, electrónica, informática, diseño, etc. Nuestra misión como padres es darle la libertad para que pueda encontrar su camino y realizarse por sí mismo; amarlo y respetarlo por cómo es y no por cómo nos gustaría que fuera.

Amar a un hijo es desear su felicidad por encima de intereses o ilusiones personales, pues él no ha venido al mundo a cumplir nuestros sueños sino los suyos, nos gusten o no. Él ha venido a mejorar el mundo. Si realmente le queremos y confiamos en él, le ayudaremos a buscar el camino que más le cautive, pues, quien no teniendo títulos universitarios encuentra aquella actividad adecuada a sus talentos o pasiones, triunfará mucho más (en todos los sentidos) que el hijo obediente que obtuvo los tan meritorios títulos académicos impuestos subrepticiamente por la familia.

Gritar o pegar a un niño para que coma, termine los deberes, realice las tareas del hogar o se calle, puede entorpecer o paralizar su desarrollo emocional de manera irreversible. Por instinto de supervivencia, el niño necesita desesperadamente sentirse en todo momento protegido y comprendido por sus progenitores, que son quienes le protegerán y salvaran de todos los peligros externos, sean depredadores humanos o animales. Desde tiempos prehistóricos, el cerebro del niño está programado para depender del adulto en todo momento. Es mucho más fácil para él culparse de cualquier cosa que asimilar la realidad en que vive, pues eso le haría descubrir sin velos la poca honestidad e inmadurez de sus padres, que se supone son sus grandes maestros y protectores. A riesgo de sentirse desvalorizado y desprotegido (nada le resultaría más aterrador), el niño elegirá autoinmolarse emocionalmente y vivir en una falsa realidad. Cuando este niño alcanza la edad adulta, sigue soportando inconscientemente esa carga de culpa y desvalorización que afecta sobremanera todos los aspectos de su vida. Personas de gran desarrollo intelectual pueden ser también discapacitados emocionales que recrean en sus hijos la misma educación disfuncional que ellos mismos padecieron.   

Como extraños animales que tropiezan diariamente en la misma piedra, millones de padres en todo el mundo repiten a diario este craso error con sus hijos, alegando como excusa el «mal comportamiento» de estos y la tan necesaria disciplina. Esto me recuerda a una historia narrada por el gran psicoterapeuta Milton Erickson: «Cuando era joven su familia vivía en una granja, y cierto día se encontró a su padre ante la puerta del establo, empujando con toda su fuerza al burro por las bridas para que entrara en el establo. El burro, terco como tal, permanecía impasible como un resistente pasivo en empecinada oposición. Solicitó permiso a su padre para intentarlo con sus propios métodos. Se acercó al burro por atrás y tiró fuertemente de su cola, ante lo cual el burro manteniendo su oposición simplemente entró en el establo, cumpliéndose así la tarea».

¿Se entiende mejor la clase de mundo que hemos ayudado a crear? ¿El porqué de las guerras, los genocidios, el hambre y demás barbaries humanas? Algo tan sencillo como un cambio global en el modelo educativo podría evitarnos caer en la misma piedra de siempre.      


[Este artículo tiene su continuación en otro de mis artículos, titulado "EL ARTE DE EDUCAR".]
                                                          

José Carlos Andrade García

domingo, 26 de abril de 2015

El arte de educar


Aunque la sociedad ha avanzado un poco en materia de educación, es desesperante, no obstante, ver a tantísimos padres incapaces de entender a sus hijos o si quiera de comunicarse con ellos, pues el que no conoce mínimamente el funcionamiento de la psicología infantil ni los principios básicos de convivencia familiar, simplemente se limitará a repetir la misma rutina educativa que él mismo recibió de sus progenitores, por más aberrante que haya sido.  No saben que el niño, por instinto de supervivencia, necesita con vehemencia la continua atención de sus progenitores, sobre todo de la madre (instinto derivado, como ya dije en "Padres infantiles", del miedo visceral a ser abandonado, extraviado por la manada o devorado por depredadores), y que de no conseguirlo por las buenas, mediante el entendimiento mutuo, lo hará por las malas, aunque para ello tenga que recibir todo un abanico de gritos, alaridos, empujones, bofetones y gruñidos guturales. Aunque no lo parezca, al final siempre es el hijo el que gana en este tira y afloja ininterrumpido, en esta lucha encarnizada de poderes, pues es el único que en cierto modo consigue algún «beneficio».

Abstraídos, embotados por la continua ansiedad del combate, estos padres suelen ser incapaces de percibir, y mucho menos de premiar, el buen comportamiento que a veces muestra su hijo queriendo o sin querer. No tardarán en verse a sí mismos como unos padres sacrificados que hacen todo lo posible por ayudar y enderezar a este demonio de niño que ya no sabe qué inventar para hacerles la vida imposible. Juzgándolo como anormal: agresivo, egoísta, déspota, hiperactivo, holgazán…, se exculpan de sus errores e incapacidades responsabilizando al niño de todos los males. 

El niño carece de la mentalidad calculadora y recelosa del adulto que ha sido reprimido y que ve a los demás como un reflejo distorsionado de sí mismo (cuántas veces se ha hablado erróneamente de la «innata crueldad infantil»). Este adulto interpreta los denuestos y las acusaciones del niño no como una necesaria liberación de sus sentimientos sino como una amenaza a su poder y status, lo cual le lleva a reaccionar de la manera más equivocada: reprimiéndolo aún más o creándole sentimientos de culpabilidad que aniquilarán su autoestima. Es evidente que el niño no disfruta de las disputas ocasionadas por su «mal comportamiento», pero si no se siente mínimamente comprendido por los padres, en particular la madre, tratará de compensar semejante injusticia reclamando su lugar a gritos, siendo el centro de atención en todo momento, tratando incansablemente de sentirse atendido aunque sea mediante la fuerza, y reproduciendo esta rutina de confrontación y competencia con sus hermanos y compañeros de escuela.         

¿Cuándo descubrirán estos padres que las rabietas del niño desaparecerán en el momento en que no sean atendidas o combatidas? ¿Que los gritos no se solucionan con más gritos, de la misma manera que un fuego no se apaga con más fuego? El agua que apaga el incendio de las rabietas se traduce en una voz suave pero determinante: «No te atenderé hasta que te calmes»; pero también en charlar distendidamente con él, en acariciarlo, besarlo y abrazarlo sobre todo cuando se muestra relajado. Nunca olvidemos que la primera regla de la pedagogía es compensar un estado de ánimo positivo de la misma manera que desatendemos un estado de ánimo negativo, sin jamás amenazar, gritar o pegar. 

Un niño que no se siente comprendido hará todo lo posible por suplir ese vacío con una demanda continua de atención. Para  el niño  es mil veces preferible "ganarse" un maremágnum de gritos, zurras y castigos que sentirse ignorado, rechazado, incomprendido. Es un acto reflejo: si no puede obtener la comprensión tratará de obtener la atención, aunque sea por las malas: mediante la desobediencia o el desafío. Solo de esta manera conseguirá distraerse o evadirse de la insoportable soledad que le genera su sentimiento de incomprensión o marginalidad, pues ya hemos dicho que el niño, por instinto de supervivencia, necesita la continua atención y protección de sus progenitores. El comportamiento del niño, aun siendo a veces errado, es natural, transparente, espontáneo. Aun carece de la psicología, del recelo, de la premeditación de los adultos, por lo que no puede responder a sus necesidades vitales con argumentos o planteamientos racionales, sino con actitudes o estados de ánimo. Nuestro deber como padres es indagar y comprender los motivos de tales actitudes, y no censurarlas o reprimirlas. Por lo tanto hemos de  ver este "mal comportamiento" como un síntoma y no como un carácter. Si los padres son capaces de no ponerse a la misma altura emocional del niño, de no combatir sus rabietas e insultos como ridículos compañeros de lucha, al niño no le quedará más remedio que ser dialogante para hacerse escuchar. En cuanto muestre el más mínimo indicio de cooperación, deberá ser animado y elogiado. Solo a través de la serenidad y el buen humor, podrá el niño expresar sin temor sus verdaderas inquietudes, o al menos ofrecernos las pistas que nos ayuden a dar con la clave de su "mal comportamiento", en vez de seguir jugando eternamente al gato y al ratón. Este es el modelo educativo más positivo, inteligente y racional: sin enfados, gritos ni castigos.

Analicémoslo con un ejemplo. Esos padres que se sienten tan agraviados por el mal comportamiento de su hijo ¿no actúan de manera tan incoherente como un médico que se enfurece al constatar los síntomas del paciente? ¿Se imaginan a un médico aleccionando en vez de curar? ¿Gritando y castigando a sus  pacientes cada vez que los síntomas de éstos empeoran?  Pues de manera similar actúan millones de padres con sus hijos, y no porque sean estúpidos sino simplemente porque así es como les educaron a ellos mismos, ¡no conocen otra cosa!

No menos crueles y antipedagógicos son esos métodos tan actuales y recomendados por tantos "pedagogos" como "la silla de pensar", que solo sirve para producirle al niño una profunda ansiedad, pues ese tiempo de reflexión implica la expulsión temporal del clan familiar. El pánico que supone este alejamiento del entorno afectivo -un momento verdaderamente traumático para él-, solo puede servir para que el niño pierda la confianza en sí mismo y su interés por indagar, experimentar, por seguir aprendiendo sin depender continuamente del permiso de sus padres, que consciente o inconscientemente ya han dejado muy clara su manipulación afectiva. ¿Cómo va el niño a respetar y confiar plenamente en unos padres que saben cómo explotar o manipular sus debilidades? ¿Cómo va a abrirse a ellos y expresar sus temores sabiendo que pueden utilizar esos mismos temores en su contra?

¿Y qué decir de esa otra antipedagogía como son los puntitos de comportamiento, que sólo sirven como transacción a las explicaciones? Así, en vez de indagar y comprender la desmotivación del niño y sus faltas, se le insta a competir con sus hermanos sin tener en cuenta el ritmo particular de cada uno y sus talentos o capacidades intrínsecas. Más fácil es que compitan entre sí para ganarse el cariño y los elogios de mamá y papá, lo que solo sirve para fomentar la envidia y la rivalidad entre ellos.

Si el niño, por ejemplo, no quiere comerse los guisantes, hay que respetarlo aunque no nos guste. Su decisión de no probar un determinado alimento forma parte de un proceso psicológico de experimentación y  autoexploración necesarios: "Yo me llamo Pepito, me gusta dibujar, cantar y de mayor quiero ser astronauta, pero no me gustan las matemáticas. Ni tampoco los guisantes". Cuando el niño aprende libremente a tomar decisiones, a desarrollar su individualidad y sus gustos, muy rara vez se obceca por mucho tiempo en no probar un determinado alimento o cualquier cosa que le convenga, algo muy diferente cuando los padres lo apremian o lo fuerzan a ello, generando el efecto contrario al deseado, pues el niño, necesariamente, radicalizará su negativa a fin de reclamar afanosamente su individualidad,  su derecho a ser él mismo, a tal punto que lo que en un principio iba a ser una negativa temporal se convierte en algo permanente. Esta estrategia -que no deja de ser también un sacrificio- es como una advertencia a los padres sobre las consecuencias que conlleva  la violenta invasión de su espacio vital. Lógicamente tampoco hay que hacer lo contrario si el niño decide probar un alimento que antaño desdeñó: premiarlo. Pues cuando el comer se convierte en un premio, el niño deja de comer por necesidad, desestabilizando su motor orgánico. La comida cobra el mismo sentido que las tareas escolares: complacer a los padres. Algo sumamente insalubre en un niño que no encuentra otros medios para complacerlos, comiendo cada vez más compulsivamente y haciendo de la comida una vía de escape a su ansiedad, producto de la inseguridad que le genera su sentimiento de incomprensión. Muchos padres tratan de remendar  esta  falta de compenetración emocional con el hijo sobrecompensándolo materialmente, ya sea con un exceso de comida, ropa o juguetes, así pueden convencerse o justificarse diciendo que a su hijo no le falta nada. Pero pasar más tiempo con el niño y escucharlo es un bien indispensable que no se puede sustituir ni con todos los juguetes del mundo.  

El niño, por lo tanto, no es un animalito a quien domesticar. Como ser humano que es, está en su derecho a chillar y protestar cuando así lo crea necesario, pues sus momentos de frustración y rebeldía forman parte de su espontaneidad y vitalidad –de su desarrollo emocional–, los cuales jamás hemos de silenciar por la fuerza o castigar, pues la represión sólo sirve para desviar su ira hacia los demás. Obligarlo de malas maneras a obedecer es negarle la libertad de expresión, de ser él mismo. El niño debe aprender a ser consciente de sus errores, y no es con gritos ni castigos como lo conseguirá, ya que estos no aportan ningún esclarecimiento o discernimiento: sólo sirven como medida de fuerza temporalmente disuasoria, limitándolo emocionalmente e impidiéndole madurar, pues aprenderá de los mayores que la coacción es la única manera de alcanzar sus objetivos, convirtiéndose de adulto en un maltratador psicológico. Así pues, debemos aprender a reconocer y fomentar sus buenos momentos de la misma manera que desatendemos su mal genio, sin humillarlo ni castigarlo. Una vez empiece a sentirse escuchado y atendido, asimilará que sólo mediante el diálogo y la cooperación alcanzará la atención deseada, además de una renovada felicidad. Dejará entonces de sentir la necesidad de utilizar su comportamiento errado –su «innata crueldad»– para dicho fin.

Habrá quien dirá con cierta bravuconería: «Nuestros abuelos nunca tuvieron ningún problema a la hora de educar a sus hijos: un buen tortazo les quitaba toda la tontería». Lo que seguramente no dirá es que la «buena educación» de nuestros abuelos propició dos guerras mundiales que dejó más de cien millones de muertos, siendo con diferencia la época más violenta de la historia humana.

En definitiva: es esencial una transformación global del modelo educativo familiar y escolar. Ahí está la raíz de la inconsciencia humana. Pero es más fácil no hacer nada y culpar de todo al demonio, a los genes o a la "innata" estupidez humana. Es más fácil decir que la humanidad no tiene arreglo y que más vale vivir solo para nuestro placer momentáneo, sin importar el mundo que le dejemos a nuestros descendientes. Es más fácil rezar, velar por nuestra salvación y ser buenos con la esperanza de que papá Dios nos saque de la cuna y nos quite la mierda de encima, en vez de responsabilizarnos de nuestros actos como personas emocionalmente maduras que contribuyen a una sociedad más justa y racional. 


José Carlos Andrade García

domingo, 19 de abril de 2015

En busca del niño interior


Es lógico que la mayoría no queramos ni por un segundo analizar nuestra infancia, no ya por temor a despertar los recuerdos de continuas humillaciones y malos tratos de nuestros padres, hermanos, profesores y compañeros sino sobre todo por temor a resucitar al niño que fuimos, a revivir los mismos sentimientos de fracaso y complejos de culpa. Sin embargo ahí está la causa de nuestras depresiones, de nuestra ira incontrolada, de nuestras enfermedades psicosomáticas, de nuestras adicciones, que no son sino una permanente huida de nuestro pasado.

Cierto que este contacto con la niñez desestabilizará temporalmente la frágil seguridad y autoestima que con tanto esfuerzo levantamos en la madurez, ya que nos hará revivir sensaciones y sentimientos que creímos enterrados, pero esto sólo será la primera y peor etapa de un proceso terapéutico curativo. Al poco tiempo se desbordarán otros sentimientos como la rabia y el odio reprimido, que hasta entonces habíamos desviado inconscientemente hacia los demás.

Re-conocer por fin este odio infantil sin disfrazarlo de ideología –como habíamos hecho hasta entonces– nos llevará a experimentar niveles de lucidez y autoconocimiento nunca antes vividos. Una vez seamos conscientes de que nuestros sentimientos de culpabilidad nacieron de la negación a descubrir que nuestros padres no supieron valorarnos ni amarnos, comprenderemos la raíz de nuestros miedos, de nuestra ira descontrolada, de nuestro odio desviado. ¿No es más inteligente dedicar unos días a descubrir la raíz de nuestros problemas que pasarnos toda una vida huyendo de ellos y por ende de nosotros mismos? ¿Toda una vida de adicciones, depresiones y neurosis? Aunque el shock de la verdad sea grande al principio, nuestros sentimientos y percepciones se abrirán progresivamente como si despertáramos de un largo y opresivo sueño.

Sólo cuando seamos capaces de distinguir el auténtico amor del chantaje emocional y el sadismo, estaremos en condiciones de no repetir con nuestros hijos la misma historia de abusos que recibimos. Alice Miller:

«Es comprensible que queramos perdonar y olvidar para no tener que sentir dolor, pero esta vía no funciona. […] Nunca lo hará. ¿Por qué? Porque la rabia, como todas las emociones, no se deja dictar ni manipular, es ella la que nos dicta a nosotros, nos obliga a sentirla y a comprender sus causas. Podemos, no obstante, tratar de reprimir nuestra ira, pero las consecuencias serán enfermedades, adicciones o crímenes. Fíjese en la cantidad de sacerdotes pedófilos. Perdonaron a sus padres los abusos sexuales y otros abusos de su autoridad. Y ¿qué hacen ahora? Repiten los «pecados» de sus padres, precisamente porque se los han perdonado. Si hubiesen juzgado de forma consciente los crímenes de sus padres, no se habrían visto forzados a hacerles lo mismo a otros niños, abusando de ellos y confundiéndolos al condenarlos al silencio. […]  El auténtico perdón no bordea la rabia sin tocarla, sino que pasa a través de ella. Sólo cuando pueda indignarme por la injusticia que cometieron conmigo, cuando advierta el acoso como tal y pueda reconocer y odiar a mi perseguidor como tal, sólo entonces se me abrirá realmente la vía del perdón. La ira, la rabia y el odio reprimidos dejarán de perpetuarse eternamente sólo cuando la historia de los abusos cometidos en la primera infancia pueda ser revelada. Y entonces se transformarán en duelo y en dolor ante la inevitabilidad del hecho, dejando, en medio de ese dolor, cabida a una verdadera comprensión, a la comprensión del adulto que ha echado una mirada a la infancia de sus padres y, liberado finalmente de su propio odio, es capaz de vivir una empatía auténtica y madura.» [“Salvar tu vida”] 

Así pues, ante los maltratos y abusos de los padres, o de cualquier miembro de la familia, no basta con romper la relación o perdonar, es aconsejable someterlos a una pacífica confrontación, sin albergar la esperanza de que hayan cambiado desde entonces, de que nos escuchen y muestren algo de comprensión, pues es posible que se nieguen a admitir sus errores por miedo a perder su posición de autoridad y asumir las consecuencias. No obstante, el sólo hecho de dar este paso, ya es sumamente sanador . En su libro “Padres que odian”, Susan Forward explica en detalle cómo debemos realizarla. Simplemente para que el lector tenga una idea aproximada sobre el tema, mostraré las principales pautas a seguir, pues no es mi intención extenderme demasiado. Hay que tener presente que esta información puede no ser suficiente para llevar a cabo una correcta confrontación.

    La confrontación se puede hacer cara a cara o bien por carta. Una confrontación por carta funciona exactamente como si se la hiciera en persona. Ambas se inician con las palabras: «Voy a decirte algunas cosas que nunca te he dicho antes», y ambas deben incluir cuatro puntos principales:

    1. Esto es lo que me hiciste.
    2. Así es como me sentí yo entonces.
    3. Así es como aquello afectó mi vida.
    4. Esto es lo que quiero de ti en lo sucesivo.

    He comprobado que estos cuatro puntos constituyen una base sólida y concreta para todas las confrontaciones. Esta estructura abarca generalmente todo lo que uno necesita decir y ayudará a evitar que la confrontación se convierta en algo disperso e ineficaz. [Si los padres no están físicamente presentes, hay un método muy eficaz que] consiste en escribir una carta de confrontación y leerla en alta voz ante la tumba del difunto. Eso le da a uno la fuerte sensación de estar realmente hablando con él y de poder expresar finalmente las cosas que durante tanto tiempo ha estado guardándose dentro. (…) Si usted todavía sigue cargando con la responsabilidad de los traumas de su niñez, es demasiado pronto para una confrontación.

      Aunque Susan Forward no lo mencione, pienso que una confrontación inversa –de padres a hijos– sería igualmente beneficiosa. Si realmente deseamos trasmitirles dones y valores a nuestros hijos, como la lealtad, la sinceridad o la empatía, deberíamos sincerarnos con ellos y reconocer nuestros errores a la hora de educarlos, sin justificarnos diciendo que ellos nos obligaron a actuar así, pues los niños no aprenden con la palabra sino con el ejemplo.

      1. Esto es lo que te hice.
      2. Así es como (creo que) te sentiste entonces.
      3. Así es como aquello cambió tu vida.
      4. Esto es lo que verás de mí en lo sucesivo. 

      Una vez seamos capaces de acercarnos con ternura y compasión al niño reprimido que fuimos y descubramos que nuestros sentimientos de culpabilidad no nos pertenecen, sentiremos por nuestros hijos la misma comprensión y empatía. Alcanzada la lucidez –un nuevo nivel perceptivo nunca antes experimentado–, podremos liberar la rabia del niño que nos gobierna, dándole descanso en nuestra conciencia e integrándolo como parte de nuestra identidad. Podremos diferenciar claramente la verdad de la mentira, el amor y la pura bondad del egoísmo y las manipulaciones afectivas. Estaremos en condiciones de poner fin a este asesinato masivo de almas que lleva repitiéndose durante incontables generaciones y que sólo ha traído sufrimiento, violencia, guerras y abusos de toda índole.

Libres por fin de la programación y el automatismo generacional, dejaremos de repetir en el presente las mismas situaciones del pasado. Entonces ya no veremos a nuestros hijos como un reflejo de nuestros miedos sino como un milagro de la vida, un precioso regalo para el mundo.



José Carlos Andrade García