jueves, 19 de febrero de 2015

Sin infierno no hay negocio


Gran parte del poder de las religiones se basa precisamente de las contradicciones que fomenta y del absurdo de muchas de sus afirmaciones. El concepto de la trinidad en la religión católica toma su fuerza como «verdad incuestionable» precisamente por su incoherente explicación, que por ser irracional «no puede ser cuestionada con argumentos racionales» y por lo tanto se convierte en una «verdad» cerrada, incuestionable, un asunto de fe. Algo parecido ocurre con el concepto de justicia y misericordia, donde la violencia más bárbara y enfermiza es justificada y sacralizada en nombre de Dios: «Samaria será considerada culpable, porque se rebeló contra su Dios. Caerán a espada; serán estrellados sus niños, y abiertos los vientres de sus mujeres encintas» (Oseas 13:16).

«Al que atrapen lo traspasarán; el que caiga preso morirá a filo de espada. Ante sus propios ojos estrellarán a sus pequeños, saquearán sus casas y violarán a sus mujeres» (Isaías 13:15-16). 

Tal es el delirio patológico de quienes escribieron estos pasajes que ya ni siquiera distinguen a Dios del diablo. Así, por ejemplo, en 2 Samuel 24:1 se dice que fue Dios quién incitó a David a contar los hombres aptos para la guerra de Israel, mientras que en 1 Crónicas 21:1 se dice que fue Satanás.

El propio Dios es descrito en algunos versículos como un asesino de niños y un vulgar putero: «La voz del Señor vino de nuevo a mí diciendo: Hijo del hombre, hubieron dos mujeres, hijas de una misma madre. Y cometieron fornicación en Egipto; cometieron fornicación en su juventud, allí fueron palpados sus pechos y acariciado su seno virginal. Y sus nombres fueron Aholah la mayor, y Aholibah su hermana; y ellas fueron mías, y tuvieron hijos e hijas...» (Ezequiel 23).

«Cerca de la medianoche saldré por entre medio de Egipto, y morirá todo primogénito en tierra de Egipto, desde el primogénito del faraón que se sienta en su trono, hasta el primogénito de la sierva que está detrás del molino; y todo primogénito de las bestias» (Ezequiel 23:1-4).

«Ve, pues, y hiere a Amalec, y destruye todo lo que tiene, y no te apiades de él; mata a hombres, mujeres, niños, y aun los de pecho, vacas, ovejas, camellos y asnos» (Samuel 15:3).

Más perlas: «Ahora pues, matad a todo varón entre los niños, y matad a toda mujer que haya conocido varón acostándose con él. 18 Pero a todas las jóvenes que no hayan conocido varón acostándose con él, las dejaréis con vida para vosotros» (Números 31,17-18).

Una última perla: «Yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen» (Éxodo 20:5).

Pero no obstante «Dios te ama». O como dice el refrán: «Quien bien te quiere te hace llorar». Es estremecedor pensar hasta qué punto han podido estas creencias psicopáticas y antiespirituales pervertir la mente de tantos millones de personas a lo largo de los últimos dos mil años, creando toda suerte de conflictos y sufrimientos inimaginables –como demuestra la historia–, pues no son pocos quienes toman como ejemplo a este dios «misericordioso» para poner en práctica sus propios métodos políticos o educativos.

Un hombre puro de corazón y leal a sus principios jamás amaría a semejante dios sino todo lo contrario: lo abominaría como al peor de los demonios. Hay que entender que el verdadero amor solo es posible cuando no existe el temor o la amenaza. Quienes dicen amar a este dios con el fin de ganarse su favor no hacen sino huir de la realidad y engañarse a sí mismos, pues este no es el dios de los hombres puros sino el dios de los cobardes. 

Muchos nazis que participaron en el exterminio de los judíos no eran precisamente analfabetos, pero sí cristianos convencidos. Tenían títulos universitarios, doctorados, algunos eran teólogos, grandes científicos, pero completamente ignorantes en cuanto a la religión. Si en vez de memorizar la Biblia la hubieran analizado sin temor y entendido correctamente, no habrían tomado a los judíos como enemigos de Dios ni los habrían perseguido por matar a Jesús. Como les enseñaron desde la infancia a no dudar jamás de las escrituras –bajo pena de castigo eterno– tomaron ambiguas afirmaciones bíblicas de manera literal sin cuestionar ni profundizar su sentido y trasfondo, creándose así un odio legitimado y repetidamente apoyado, a lo largo de los siglos, por instituciones políticas y religiosas, y dando como resultado el más grande genocidio de la historia humana. 

Abierta la caja de las religiones, cualquier barbarie puede legitimarse en nombre de este dios maquiavélico creado por el hombre a su imagen y semejanza.



José Carlos Andrade García

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