sábado, 21 de febrero de 2015

Rebeldes sin causa


Gracias al ego aprendimos a decir no, a distanciarnos de nuestros padres, a pensar por nosotros mismos, a crearnos un carácter, una personalidad, un objetivo. Para desarrollarse emocionalmente y conocerse a sí mismo, el niño necesita expresarse sin censuras, equivocarse, dar rienda suelta a todos sus sentimientos, sean buenos o malos, ya que la represión solo servirá para desviar su ira hacia los más indefensos.  El ego es para el niño y el adolescente como la leche para el bebé: le ayuda a crecer,. a forjarse un carácter, a actuar con agresividad ante un ataque o un abuso. Un mecanismo de supervivencia absolutamente necesario en las primeras etapas de la vida, ya que nos permite experimentar todas las emociones: la rabia, el odio, la envidia..., y reconocerlas en los demás.

Una vez el adolescente se acerca a la madurez, debe hacer como el bebé cuando se acerca a la niñez: abrirse al mundo y experimentar nuevas texturas y sabores. Debe distanciarse de su ego para acceder a la madurez psicológica, un estado superior de conciencia donde predomina el sentimiento de unicidad con el mundo. De no hacerlo vivirá como un autómata repitiendo la misma rutina de negaciones y contradicciones que caracterizan al adolescente. Vivirá esclavo de una identidad que en su día le fue útil como transición de la infancia a la juventud, pero completamente inútil y obsoleta tras aquel periodo. El mismo ego que le ayudó a ser independiente de sus padres y a forjarse un yo, lo volverá permanentemente dependiente de los "amigos", las drogas y los extremismos cuando ya no encuentre la energía para seguir alimentando esa independencia. El ego es como un huevo que nos proporciona cobijo y seguridad a la vez que nos permite conocer todas nuestras emociones. Pero llega un momento en que debemos romper esos muros y abrirnos al mundo, tal como el polluelo cuando rasga sus cáscara o el tallo cuando rompe su semilla. El verdadero nacimiento es espiritual, psicológico, no físico. Una vez hemos adquirido experiencias, forjado nuestro carácter y edificado nuestra personalidad, ya estamos maduros para abandonar ese útero mental. De no hacerlo, ni siquiera habremos vivido. Moriremos como adultos fetales, como esclavos de nuestros miedos, de nuestras bajas pasiones e instintos.          

Ahí tenemos el ejemplo de tantos jóvenes treintañeros comportándose como adolescentes rebeldes. Saben que de madurar se alejarían inevitablemente de todo aquello que en un momento dado les ayudó a reafirmarse, a forjar su identidad, su puestito en el mundo (compañerismo, drogas, botellón, radicalismo ideológico, etc.). Antes que evolucionar y enfrentarse al incierto horizonte, prefieren seguir dando vueltas en su islote particular, interpretando a este personaje cada vez más calvo y regordete, cada vez más descompasado en su medio. Viven desesperadamente aferrados a una rutina de excesos cuyo fin es el mismo que persiguen los niños conflictivos: una continua demanda de atención y valorización.

Sea por instinto de supervivencia o por afán de sentirse aceptado, hay quien decide en algún instante de su vida vivir como un actor, como un personaje. Y tanto tiempo y esfuerzo dedica en desarrollar, moldear, perfeccionar dicho personaje, que en un momento dado olvida la clave con la que recuperar la forma original. Se ha convertido de por vida en un ser prácticamente irreal, en una triste parodia de sí mismo, por más que los demás afirmen que siempre ha sido tal cual. En vano intenta compensar su poca autoestima mediante una delirante exhibición de sus «cualidades», culpabilizando siempre a los demás de sus fracasos. Sea o no creativo, se siente único y diferente por la simple radicalidad de sus ideas o creencias. Incapaz de verse como un bufón pagado de sí mismo, se imagina predestinado a grandes metas. Léanse las vidas de Alejandro Magno, Napoleón, Hitler, Stalin. Fueron personas débiles, inseguras, acomplejadas, que trataron de hacer lo posible para convencerse de lo contrario, aunque para ello tuvieran que engañar, manipular y asesinar a millones de seres humanos.



José Carlos Andrade García

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