jueves, 19 de marzo de 2015

Padres infantiles


Los padres que gritan o pegan a sus hijos no hacen sino descargar la frustración del niño incomprendido que (emocionalmente) siguen siendo, ya que tratan de compensar mediante una autoridad incuestionable las atenciones y el grado de poder de que carecieron –es el llamado trauma identificativo: la persona proyecta su pasado traumático en otros para así identificarse con las fuerzas que produjeron su trauma, lo cual le provee de un sentimiento de poder–. Son personas sin autoestima que utilizan la amenaza y la fuerza física para competir con sus hijos en superioridad de condiciones, los cuales sólo pueden protestar hasta cierto punto y tomar nota de lo que significa ser adulto: un/a niño/a grande y abusón/a. Estos padres que fueron adiestrados para obedecer desde pequeños, reproducen de modo cruel esta dictadura con sus hijos a fin de sentirse de una vez poderosos y respetados. Los niños, que no dejan pasar un solo detalle, muy pronto aprenden a ver el mundo como una encarnizada lucha de poderes ejemplificada por los padres. Estos angelitos pronto se convierten en pequeños abusones capaces de detectar la más mínima debilidad o diferencia en sus compañeros de escuela, descargando en ellos el odio y la agresividad reprimida en casa. Un círculo vicioso que se repite de generación en generación.        

A un niño jamás hay que castigarlo o reprenderlo con golpes, insultos ni gritos, pues el niño, que todo lo absorbe a temprana edad, aprende que los conflictos sólo pueden arreglarse con agresividad, repitiendo en el futuro este patrón de conducta cada vez que se vea en dificultades. Ahora bien, no hace falta pegar o gritar nunca a un niño para convertirlo en un maniático depresivo, un maltratador o un psicópata. Un ejemplo son esos padres que inconscientemente impiden al hijo desarrollar sus capacidades cognitivas y emocionales para no sentirse a un nivel inferior, manteniendo indefinidamente su incuestionable autoridad. Cuando la función del niño es ser un simple títere de las aspiraciones de los padres o un chivo expiatorio de sus fracasos, su capacidad emocional queda destruida. Pongamos el caso de unos padres fanáticamente religiosos que se sirven de la inocencia del niño para convertirlo a imagen y semejanza de un ideal sobrehumano y descabellado que sólo sirve para llevarle a un continuo y progresivo sentimiento de fracaso. Incapaz de estar a la altura de tan magnos ideales, al hijo no le queda otra que culparse de todos sus fracasos y honrar a sus padres por todo cuanto hacen por él.

De manera muy similar, hay padres que tratan de superar sus fracasos juveniles amando e incentivando a sus hijos solamente por sus logros. De este modo perpetúan la soledad y fragilidad del niño ante un mundo que cada vez le resulta más exigente y apabullante. Su «gran talento» es el hilo que sostiene su vida, ya que de romperse correrá el riesgo de decepcionar a los suyos y de no ser amado. En el fondo se sabe despreciado ya que nunca ha sido valorado por lo que es sino por lo que puede y debe ser. Consiga o no los objetivos impuestos despreciará su propia debilidad e inseguridad como grandes males ante sus padres y el mundo, despreciando también en los demás sus propias carencias. Puesto que no podrá asimilar el fracaso como un proceso natural de aprendizaje, troncará prontamente su porvenir mitigando la impotencia y la depresión con el alcohol y las drogas.   

Esta hábil manipulación basada en un sutil chantaje emocional pasa generalmente desapercibida cuando los padres gozan de una buena posición social o son miembros ejemplares de alguna congregación religiosa. No es de extrañar que tantos psiquiatras, médicos e investigadores de la conducta humana queden desconcertados cuando un asesino múltiple ha gozado, según la comunidad y su entorno familiar, de una buena educación y de unos padres «solícitos y amorosos». Cuando el propio asesino afirma que tuvo una infancia feliz y unos progenitores que se desvivían por él, a estos médicos y psiquiatras no les queda otro remedio que mirar en el interior del cerebro y culpar a los genes de todos los males. Si no hace mucho se culpaba al demonio de instigar la estupidez humana, ahora son unos genes insanos, malévolos y destructivos quienes seducen y pervierten al hombre. ¿Esto es lo que hemos avanzado en materia de  psicología?

La unidad familiar no consiste en que todos sus miembros piensen y sientan de la misma manera, sino que cada uno acepte y asimile con respeto y amor las diferencias físicas, intelectuales y emocionales de los demás. El chantaje emocional (de los padres) se hace palpable cuando todos los miembros siguen una misma línea de pensamiento ante la religión, la política, el sexo, etc. Cuando los padres establecen, además, juicios y comparaciones entre hermanos, no hacen sino fomentar los roces y rivalidades entre ellos, que a menudo acaban distanciándose hasta perder prácticamente toda comunicación.

En esta dictadura familiar –micromundo de las dictaduras políticas– se perseguirá y castigará sin contemplaciones a cualquiera de los hijos que trate de pensar por sí mismo o infringir las estrictas leyes familiares de obediencia y moralidad. Una vez el hijo rebasa la edad infantil, el castigo físico y la amenaza son progresivamente sustituidos por el chantaje emocional y el sentimiento de culpabilidad, mucho más efectivos. Cuántas veces hemos escuchado a un padre o a una madre gritarle a su conmocionado hijo cosas tales como: «¡Matarás a tu madre de un disgusto! ¡Cuándo yo me muera me llevarás sobre tu conciencia! ¡Si sigues así me matarás de un infarto!...» Todo intento de cambio o liberación por parte de algún miembro del clan será implacablemente frustrado tanto por los hijos como por los padres, pues ya todos han asumido inconscientemente su rol en la familia, así se crea un cómodo equilibrio de fuerzas entre débiles y fuertes, buenos y malos, cuidadores y enfermos. Es muy común, por lo tanto, que estos padres saboteen inconscientemente los logros de alguno de sus hijos cuando éste empieza a recuperarse de alguna disfunción o adicción.

Ser padre o madre es una responsabilidad sagrada, y todo cuanto hagamos por mejorarnos servirá para mejorar exponencialmente la vida de nuestros hijos y descendientes. Hitler no es producto del mal, del diablo o de genes insanos y destructivos, sino de un monstruoso sistema educativo (familiar y escolar) que aniquiló su capacidad emocional. Hitler sacó lo peor de nosotros mismos de la misma manera que Jesús o Buda sacaron lo mejor. Un hijo bien amado da lugar a varias generaciones de personas sanas, responsables y creativas, capaces incluso de enderezar el rumbo de la humanidad. Si durante años estudiamos para obtener una carrera o una titulación, ¿por qué no dedicar un poco de tiempo a conocer los entresijos del comportamiento humano, evitándonos así un sinfín de errores irreversibles? ¿Por qué no plantearnos el reto de aprender lo más difícil que existe: ser un buen padre o una buena madre? Alice Miller: «No podemos culpar a nuestros padres y abuelos por habernos heredado mensajes equivocados, porque ellos no tenían una mejor información disponible en ese momento. Pero nosotros la tenemos hoy en día y no podremos proclamarnos inocentes cuando la siguiente generación nos culpe por haber rechazado la información que teníamos disponible y que era fácil de entender. […] ¿Tenemos derecho a traer un niño al mundo y olvidar nuestro deber?».

Las ideas que tenemos sobre cómo educar a nuestros hijos son generalmente de nuestros padres, que a su vez las tomaron de los suyos, y así sucesivamente. De tanto escucharlas y sufrirlas damos por hecho que nos pertenecen, que siempre han sido nuestras, peor aún: damos por hecho que son correctas. Si carecemos de referencias educativas, si todo nuestro conocimiento pedagógico empieza y termina en la relación con nuestros progenitores y profesores, ignoraremos la existencia de otras alternativas pedagógicas mucho más prácticas y evolucionadas. Consideraremos el castigo físico y el chantaje emocional como algo normal y legítimo. Esta antipedagogía que a nosotros nos parece correcta –y que vemos como una respetable tradición familiar– es en cambio absolutamente anormal e incomprensible para otras comunidades como la indígena de la amazonia, cuya tradición pedagógica es del todo opuesta. En el documental “Don Quijote de la Selva”, el más conocido activista mundial de los derechos de los indígenas, Orlando Villas Bôas, decía que «en más de cuarenta años nunca vi a una madre pegar a sus hijos, ni a un padre regañar a sus hijos, ni a unos padres decirle no a sus hijos». No por amar a un hijo le estamos dando la mejor educación. La mayoría de los padres hemos aceptado, sin apenas cuestionarlo, que los gritos, los castigos y los cachetes son «por desgracia inevitables» en la educación de nuestros hijos, pero rara vez nos paramos a pensar lo que significa pegar a un niño indefenso, por muy democráticos que nos declaremos.    

Amar a un hijo es sencillamente confiar en él, respetarlo. Si no quiere estudiar, por ejemplo, está en su derecho a no hacerlo, no comete ninguna infracción y por el contrario ha entendido con lucidez cuál es el camino que no le beneficia, lo cual ya es un logro a tener en cuenta. Si no está en su naturaleza disfrutar del sistema escolar (algo bastante lógico, por cierto) tiene a su disposición infinidad de alternativas para desarrollar su talento natural, que lo tiene, y que habrá de encontrarlo por sí mismo dándole a elegir las actividades que más le atraigan, sea música, deporte, danza, cine, pintura, electrónica, informática, diseño, etc. Nuestra misión como padres es darle la libertad para que pueda encontrar su camino y realizarse por sí mismo; amarlo y respetarlo por cómo es y no por cómo nos gustaría que fuera.

Amar a un hijo es desear su felicidad por encima de intereses o ilusiones personales, pues él no ha venido al mundo a cumplir nuestros sueños sino los suyos, nos gusten o no. Él ha venido a mejorar el mundo. Si realmente le queremos y confiamos en él, le ayudaremos a buscar el camino que más le cautive, pues, quien no teniendo títulos universitarios encuentra aquella actividad adecuada a sus talentos o pasiones, triunfará mucho más (en todos los sentidos) que el hijo obediente que obtuvo los tan meritorios títulos académicos impuestos subrepticiamente por la familia.

Gritar o pegar a un niño para que coma, termine los deberes, realice las tareas del hogar o se calle, puede entorpecer o paralizar su desarrollo emocional de manera irreversible. Por instinto de supervivencia, el niño necesita desesperadamente sentirse en todo momento protegido y comprendido por sus progenitores, que son quienes le protegerán y salvaran de todos los peligros externos, sean depredadores humanos o animales. Desde tiempos prehistóricos, el cerebro del niño está programado para depender del adulto en todo momento. Es mucho más fácil para él culparse de cualquier cosa que asimilar la realidad en que vive, pues eso le haría descubrir sin velos la poca honestidad e inmadurez de sus padres, que se supone son sus grandes maestros y protectores. A riesgo de sentirse desvalorizado y desprotegido (nada le resultaría más aterrador), el niño elegirá autoinmolarse emocionalmente y vivir en una falsa realidad. Cuando este niño alcanza la edad adulta, sigue soportando inconscientemente esa carga de culpa y desvalorización que afecta sobremanera todos los aspectos de su vida. Personas de gran desarrollo intelectual, capaces de crear teorías científicas revolucionarias, pueden ser discapacitados emocionales que recrean en sus hijos la terrible educación recibida de sus padres, aunque eso no quita que en su vida profesional sean excelentes pensadores.

Como extraños animales que tropiezan diariamente en la misma piedra, millones de padres en todo el mundo repiten a diario este craso error con sus hijos, alegando como excusa el «mal comportamiento» de estos y la tan necesaria disciplina. Esto me recuerda a una historia narrada por el gran psicoterapeuta Milton Erickson: «Cuando era joven su familia vivía en una granja, y cierto día se encontró a su padre ante la puerta del establo, empujando con toda su fuerza al burro por las bridas para que entrara en el establo. El burro, terco como tal, permanecía impasible como un resistente pasivo en empecinada oposición. Solicitó permiso a su padre para intentarlo con sus propios métodos. Se acercó al burro por atrás y tiró fuertemente de su cola, ante lo cual el burro manteniendo su oposición simplemente entró en el establo, cumpliéndose así la tarea».

¿Se entiende mejor la clase de mundo que hemos ayudado a crear? ¿El porqué de las guerras, los genocidios, el hambre y demás barbaries humanas? Algo tan sencillo como un cambio global en el modelo educativo podría evitarnos caer en la misma piedra de siempre.      
                                                          


José Carlos Andrade García

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