viernes, 20 de febrero de 2015

Las mil caras de la violencia


Tan acostumbrados estamos a la violencia que la vemos como algo natural o intrínseco a la naturaleza humana, y rara vez nos preguntamos si tiene una raíz y cuál puede ser. La violencia adopta tantas formas de conducta que muchas veces no somos capaces de diferenciarla como tal. Es el caso de esos padres que gritan y chantajean emocionalmente a sus hijos con la excusa de estar educándolos; o esos políticos que fomentan la precariedad social malversando el dinero de los contribuyentes y dictando leyes discriminatorias contra minorías sociales o inmigrantes; o el banquero que abre paraísos fiscales y especula irresponsablemente con el dinero de los ciudadanos aun a riesgo de arruinar al banco y con ello a las miles de personas que depositaron su confianza; o esos profesores monotemáticos incapaces de comunicarse con sus alumnos, a los que trata como simple mercancía. Todas son diferentes formas de violencia (directa o indirecta, implícita o explícita) a las que designamos nombres como educación, política, enseñanza, economía, justicia, etc.

      El adulto que utiliza cualquiera de estas formas es emocionalmente un niño que reprimió su espontaneidad y sus emociones en beneficio de unos padres que valoraban más la obediencia y la apariencia de los buenos sentimientos que la autenticidad y la confianza mutua. Al no haber tenido la oportunidad de conocer sus verdaderos sentimientos, este adulto nunca creció emocionalmente y sólo vivió la vida desde un único y ortodoxo punto de vista, basado únicamente en el deber y las apariencias. Como le decían que todo lo que hacían por él era por su bien, ahora aplica esa misma rutina de abusos y torturas al ejercicio de su poder, sea como político, padre de familia, empresario, profesor, juez, policía, militar…

        ¿Qué otra cosa es la (poca) inteligencia militar sino la desviación más violenta de esta ira reprimida? Puesto que la violencia o el asesinato encierran multitud de conflictos infantiles no resueltos, cada soldado es emocionalmente un niño oprimido que ansía tener el poder y la autoridad de papá y mamá. Así pues, no es el ideal lo que lleva a muchos hombres a la guerra sino más bien un deseo de valoración, de autoafirmación. Estimulados, excitados ante una aventura espectacular donde jugarán a ser «hombres», tendrán por fin el poder de poner en juego su vida y decidir sobre la de los demás, característica muy común en personas sin autoestima que tratan de proyectar la ira reprimida de la infancia hacia unos «enemigos» a los que es lícito combatir y odiar, tomando así venganza de la propia dictadura familiar. Tras la primera aventura de la instrucción, ya en el escenario real de la guerra, en mitad del fuego cruzado, es cuando muchos empiezan a despertar en la cruda realidad, cagándose literalmente de miedo. Pero ya es demasiado tarde para dar marcha atrás: un proyectil penetra en un ojo, a uno le vuelan la pierna, a otro los testículos… Hay quien llama a gritos a su mamá, mientras otro, con la cara hecha jirones, quiere estar en casa. Se acabó la aventura. En el fragor de la batalla no existe el honor ni los ideales, sólo el terror y la locura. Pero muchos han tenido que matar, dejarse los miembros o (ver) morir para darse cuenta de ello.

      Por eso han triunfado las guerras: cuando unos se vuelven conscientes de dónde  se encuentran, ya hay un batallón de ilusos dispuestos a sustituirles. Y así sucesivamente.



José Carlos Andrade García

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