jueves, 19 de febrero de 2015

La verdad nos hará libres


La lucidez sólo puede alcanzarse una vez dejas de estar atado y supeditado a ideales, creencias y dogmas (sean o no religiosos), una vez te has vaciado de miedos y prejuicios, una vez te has entregado sin reservas a la energía universal, convirtiéndote en su canalizador. Jesús y Buda alcanzaron ese estado. Se deshicieron de las antiguas tradiciones, los paganismos y los rituales porque sabían que el camino a la iluminación debía estar libre de toda ley, preconcepción o residuo mental; vaciada la conciencia podían llenarse de Dios, de energía universal. Las instituciones religiosas hacen todo lo contrario: levantan un muro entre el hombre y Dios –entre la mente y la consciencia– no permitiéndole buscar en sí mismo y contactar directamente con Él. Se interponen en su camino chantajeándolo, extorsionándolo emocionalmente para mantenerlo enclaustrado en un estado de conciencia infantil predominado por el miedo: la angustia, la incertidumbre, el remordimiento, el arrepentimiento, la desdicha, la esperanza.

¿Qué utilidad tendrían los sacerdotes católicos si un día los fieles decidieran confesarse directamente con Dios, siguiendo así la esencia, el fundamento de la religión? A fin de darle una justificación sagrada a sus preceptos antiespirituales, estos curas no tienen reparos en hacerse llamar siervos de Dios. Citan, por ejemplo, el libro de Levítico cuando dice que «No te acostarás con un varón como lo haces con una mujer; es abominación» (Levítico 18:22), pero callan por sentido común cuando el mismo libro suelta lindezas como que una mujer en regla tiene que alejarse de los demás, y «todo aquello sobre lo que ella se acueste durante su impureza menstrual quedará inmundo, y todo aquello sobre lo que ella se siente quedará inmundo» (Levítico 15:20).

Citarán las escrituras donde se dice que pegar a los niños es bueno para disciplinarlos (Proverbios 13:24 «El que detiene el castigo, a su hijo aborrece; mas el que lo ama, desde temprano lo corrige». Proverbios 22:15 «La necedad está ligada en el corazón del muchacho; mas la vara de la corrección la alejará de él»), ya que por desgracia esta antipedagogía sigue siendo admitida por una buena parte de la sociedad, pero no se les ocurrirá citar que si un hombre viola a una muchacha casada el violador deberá ser apedreado, además de la inocente muchacha por «dejarse» violar (Deuteronomio 22:23-24 «23 Si hay una joven virgen que está comprometida a un hombre, y otro hombre la encuentra en la ciudad y se acuesta con ella, 24 entonces llevaréis a los dos a la puerta de esa ciudad y los apedrearéis hasta que mueran; la joven, porque no dio voces en la ciudad, y el hombre, porque ha violado a la mujer de su prójimo; así quitarás el mal de en medio de ti»).

Tampoco citarán que la gente que trabaja los sábados morirá en breve con mucha seguridad (Exodo: 31: 15 «Durante seis días se trabajará, pero el séptimo día será día de completo reposo. Cualquiera que haga obra alguna en el día de reposo morirá irremisiblemente»). 

O que la gente que ha cometido adulterio debe ser asesinada (Deuteronomio 17: 2-7 «Toma a la mujer o al hombre que haya cometido adulterio y apedréala hasta matarla»).

O que los jóvenes rebeldes y borrachos deben ser también asesinados (Deuteronomio 21: 18 «Si un hombre tiene un hijo rebelde que no obedece lo que se le manda o no atiende cuando lo corrigen, sus padres deben llevarlo a los jefes de la ciudad y decirles 'Este hijo es rebelde, no nos hace caso, y es un borracho'. Entonces, todo el pueblo tendrá que tirarle piedras hasta matarlo»). 

O que tener esclavos y maltratarlos está bien (Exodo 21:20 «Si alguien golpea con un palo a su esclavo o a su esclava, y como resultado del golpe él o ella muere, su crimen será castigado. Pero si después de uno o dos días el esclavo se recupera, el agresor no será castigado porque el esclavo era de su propiedad»).

O que ir a la guerra y raptar mujeres está bien (Deuteronomio 21,10-13: «Cuando vayas a la guerra contra tus enemigos, y tu Dios los entregue en tus manos y te lleves sus cautivos, si ves entre ellos una mujer hermosa, te prendas de ella y quieres tomarla por mujer, la llevarás a tu casa… y quedará en tu casa llorando a su padre y a su madre un mes entero. Después de esto podrás llegarte a ella, y serás su marido y ella será tu mujer»).

O que ofrecer tu mujer a otros está bien (Génesis 12,10-19: «Abram descendió a Egipto… cuando estaba por llegar dijo a su mujer… Di, por favor, que eres mi hermana, a fin de que me vaya bien por causa tuya… Cuando Abram entró en Egipto, los egipcios vieron que la mujer era muy hermosa… Faraón, debido a su intimidad con ella, trató bien a Abram, quien recibió ovejas, vacas, burros, siervos y camellos»).

Sólo citarán aquello que les conviene o que sea moralmente admitido por una buena parte de la población (¿acaso quedaría un solo ser humano vivo de seguirse al pie de la letra tales preceptos? Menos mal que la Biblia se contradice y prohíbe matar en el quinto mandamiento).

Estos nuevos fariseos saben muy bien que la verdadera espiritualidad no es rentable, de hecho es peligrosa, puede hacer pensar a los fieles, volverlos independientes, ingobernables, podrían denunciarlos, desmontar la mentira, terminar con el negocio. Pues, ¿qué ciudadano con plena conciencia va a pertenecer a una industria que comercia con el miedo? Afortunadamente, a medida que la ciencia se ha ido expandiendo y con ello las evidencias, muchos cristianos han adoptado una posición más realista y psicológica de su religión, reinterpretando ligeramente las escrituras («Lo que la Biblia quiso decir realmente fue...») para encajarlas en rebuscadas alternativas pseudocientíficas. No es sorprendente que personas de gran capacidad intelectual utilicen su inteligencia sobre todo en reajustar el sentido de las escrituras a cada hallazgo científico relevante. Si hace unas décadas la ciencia intentaba demostrar que no era incompatible con la Biblia, ahora el estándar se ha invertido: es la religión quien trata de demostrar que no es incompatible con la ciencia. Ya no se trata de reconciliar la ciencia con la Biblia, sino la Biblia con la ciencia, pues no hay mayor enemigo para la religión que el progreso.  



Hay que entender que las religiones se crearon a partir del excedente político-cultural de una sociedad. Funcionaban como el barniz sobre una estructura recién levantada o restaurada, protegiéndola de plagas y ataques externos. Para ello debían ser coactivas y conservadoras, ya que su función consistía en mantener la unidad y cohesión de la sociedad. No se formaron de manera premeditada, nacieron del propio impulso social como un acto reflejo de agrupamiento y defensa, pero también de expansión y colonización, de enfrentamiento hacia otras culturas. Si bien todas las religiones parten de un denominado salvador o profeta, es la sociedad quien inconscientemente se encarga de modelar convenientemente su particular imagen y doctrina para adecuarla al sistema moral y cultural establecido. Cualquier justificación valía para convertir a un revolucionario en un enviado de Dios o en el propio Dios.

Hoy día, por desgracia, las grandes instituciones religiosas conservan –como una cámara del tiempo– la mentalidad correspondiente a la época en que surgieron, un tiempo donde el nivel de conciencia humano rozaba la animalidad, donde el analfabetismo y la superstición eran la norma. Por eso son maniqueas: dividen el bien del mal según su tradición cultural y mitológica. Esto dificulta el progreso, la comunicación global, la unión entre razas y culturas, ya que fomentan el separatismo y el enfrentamiento mediante «leyes sagradas» y principios muchas veces discriminatorios que tachan como maléfico o inmoral aquello que no se atiene a su concepción cultural. Pero nada dura eternamente, y lo que al principio pudo ser útil deja de serlo al cabo de un tiempo.

La verdadera espiritualidad no tiene reglas ni caminos previamente trazados, no exige obediencia o lealtad, no es una institución o una determinada doctrina sagrada sino más bien una búsqueda interior sin condiciones ni condicionamientos. Si Jesús y Buda hubieran seguido el camino trazado de la religión nunca habrían llegado a ser lo que fueron.



José Carlos Andrade García

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