lunes, 16 de febrero de 2015

Engaños y crímenes de la Iglesia católica


Libros muy recomendables como “Lo que oculta la iglesia” de Fernando de Orbeneja; “El libro prohibido del cristianismo” de Jacopo Fo; “La iglesia católica” del teólogo suizo y actualmente sacerdote Hans Küng; y “Mentiras fundamentales de la Iglesia Católica” de Pepe Rodríguez cuentan hechos sobre la Iglesia que difícilmente serían creíbles para un profano si no estuvieran detalladamente contrastados por fuentes fidedignas.

Así por ejemplo, la curia vaticana sigue manteniendo en el canon neotestamentario textos que se dan por inspirados cuando ya se ha demostrado sin ninguna sombra de duda que son documentos pseudoepigráficos (es decir documentos que han suplantado la firma o autoría de alguien famoso), como algunos textos apócrifos y antijudíos de Juan El Anciano o el ya famoso Evangelio de Nicodemo, que le sirvió a la Iglesia para elaborar la doctrina del infierno eterno. En ningún momento los apóstoles hablaron o creyeron en la «Inmaculada Concepción» de María, declarado como dogma de fe por el papa Beato Pío IX en 1854, a pesar de ser combatida por supersticiosa por «padres» tan importantes como Bernardo, Alberto Magno, San Agustín y Tomás de Aquino. De hecho María no fue incluida en las oraciones litúrgicas hasta el siglo V, cuando ya se veneraban a todos los santos nombrándoles por su nombre. Ni siquiera Pedro y Pablo, los padres de la Iglesia, le dedicaron una sola palabra a María. Incluso hasta el siglo III se le reprocharon pecados tan graves como «falta de fe en Cristo, orgullo y vanidad». Más sorprendente resulta que ninguno de los cuatro evangelistas dejara de mencionar claramente que María tuvo otros hijos además de Jesús, no menos de seis, cuatro hermanos y tres hermanas. Nada menos que en once pasajes «inspirados por el Espíritu Santo» se muestra la presencia física de esos hermanos carnales de Jesús, y que la Iglesia convirtió en primos. Ni tampoco hablaron los apóstoles de la consustancialidad de Jesús con el Dios Padre –que ni el propio Jesús creyó–, decretada como verdad «revelada» en el Concilio de Nicea en el año 325. Tampoco habló Jesús, evidentemente, de la doctrina de la «Santísima Trinidad», ratificada en el Concilio de Calcedonia del año 451; ni que regresaría al mundo tras su muerte (más bien dijo lo contrario: «porque voy al Padre y no me veréis más» –Juan 16,10–). Aunque sí prohibió explícitamente el sacerdocio profesional, cosa de la que hicieron oídos sordos los dignatarios de la Iglesia tras el concilio IV de Letrán, en 1215, bajo la tutela del papa Inocencio III (de hecho, en los primeros siglos del cristianismo, la eucaristía podía ser conducida por cualquier varón o mujer, lo que servía para involucrar participativamente a toda la comunidad, en vez de reducir a los fieles al papel de meros espectadores soñolientos, como se hace hoy día). Las afirmaciones de la Iglesia de que Jesús era célibe no se sostienen, ya que en aquella época la tradición judía despreciaba el celibato y no era posible que un célibe pudiera alcanzar credibilidad o prestigio alguno. Sus discípulos le llamaban rabí, es decir rabino y la ley mosaica es tajante: «Un hombre soltero no puede ser rabino».

Pero esto es sólo el principio. La regla que la Iglesia católica fija en el párrafo 2.079 de su Catecismo: «Transgredir un mandamiento es quebrantar toda la Ley» fue completamente ignorada por la propia Iglesia, que para favorecer el fervor de las masas no tuvo el menor escrúpulo en eliminar de un plumazo el segundo mandamiento del Decálogo original del Antiguo Testamento, que prohíbe la idolatría de las imágenes. El cuarto mandamiento del Decálogo bíblico, «Descansa los sábados» (Dt 5,12-15), fue sustituido por «Ve a misa los domingos», una obligación antievangélica convenientemente justificada por los muy oportunos Mandamientos de la Santa Madre Iglesia, una copia adulterada del original Decálogo bíblico. De igual manera, el séptimo mandamiento «No cometerás adulterio» fue sustituido por «No cometerás actos impuros», lo que convierte un mero asunto de infidelidad en una condena total hacia la sexualidad, garantizándose así el sometimiento psicológico de las masas mediante la culpabilidad permanente y el arrepentimiento. ¿Qué diría el propio Jesús si supiera que muchos de sus «representantes» condenan rotundamente la masturbación en tanto justifican la pena de muerte y la guerra?

Al noveno mandamiento «No dirás falso testimonio contra tu prójimo», se añadió: «ni mentirás». Un deber que la propia curia debería aplicarse antes que nadie. Con un desprecio absoluto hacia las Escrituras, la cúpula eclesiástica edificó su religión con los restos esparcidos del cristianismo original que ella misma había destruido, arrogándose con un cinismo y una desvergüenza casi surrealista la potestad de perdonar o condenar a quien no cumpliera a rajatabla sus preceptos dogmáticos. La ley del celibato obligatorio, adoptada en el Concilio Lateranense de 1123 para combatir el nepotismo y la corrupción de los eclesiásticos que dejaban a sus familiares bienes que eran de la Iglesia, fue convenientemente sacralizada con el fin de mantenerla a perpetuidad y así evitar debates embarazosos, creándose poco después la llamada «renta de putas», una cantidad económica que los sacerdotes tenían que pagar cada vez que transgredían la ley, incluso también si no la transgredían, pues  ningún obispo creía posible no mantener relaciones sexuales de ningún tipo. De hecho se consideraba una pretenciosidad declararse célibe ante los obispos, máxime cuando en aquella época la mayoría de los papas contaban con un harén de concubinas en palacio, incluidos menores de ambos sexos, costumbre que se alargó hasta bien entrado el siglo XIX. No es de extrañar que Lutero describiera a los papas de su tiempo como peores en su conducta que los emperadores paganos: «Nadie puede imaginarse los pecados tan infames y los actos que son cometidos en Roma. Tanto es así, que se acostumbra a decir: Si hay un infierno, Roma está construida sobre él». Aunque los papas del Renacimiento mantuvieron celosamente el celibato para su iglesia, vivían en la lujuria más licenciosa, como el papa Inocencio III, que sin cortarse un pelo reconoció públicamente a sus hijos ilegítimos y celebró con esplendor sus matrimonios en el Vaticano. En los siglos XIII y XIV la Iglesia fomentó la prostitución administrando un buen número de burdeles, los cuales solían estar al lado de las iglesias, pues además de «prevenir males mayores» producían sustanciosos beneficios a las arcas vaticanas. No fue hasta el Concilio de Trento cuando el papa Paulo III, padre de varios hijos naturales, implantó finalmente los edictos para cambiar esta costumbre.

Sorprende sobremanera que en el concilio de 1870 la infalibilidad papal se estableciera como dogma «divinamente revelado», defendido posteriormente por papas tan populares como Juan Pablo II, pues de esta manera tan inmoral y deshonesta se justificaban, autorizaban y divinizaban todas las abominaciones cometidas por numerosos papas, metiendo en un mismo saco conceptos tan dispares como la oración y la pedofilia. ¿Cómo es posible tanta hipocresía? ¿Qué infalibilidad puede tener un criminal que dice una cosa y hace lo contrario? Espero que Dios en su infinita bondad perdone a este «santo» polaco que abominaba contra el preservativo y que en sus manos tuvo el poder de frenar el SIDA antes de convertirse en una megaepidemia global, sobre todo en países en desarrollo, condenando a una lenta y dolorosa muerte a millones de personas. Si no todas, la mayoría de las leyes «sagradas» –muy en particular los artículos del Derecho Canónico– surgieron de motivaciones muy diferentes a las atribuidas oficialmente por la Iglesia católica.

Elegir la fecha del nacimiento de Cristo no sucedió hasta el siglo IV, a cargo del emperador Constantino y el papa Liberio para cristianizar y proscribir toda fiesta pagana, entre ellas el muy popular y difundido culto a Mitra, que también nació de una virgen en una cueva (como Baco y Dionisos) un 25 de diciembre y fue adorado por pastores y magos, fue perseguido, hizo milagros, fue muerto y resucitó al tercer día, fórmulas idénticas a las que acabaría adoptando la Iglesia cristiana. Conviene recordar que la divina anunciación de María narrada por Mateo en la Biblia es propia de todas las culturas antiguas del mundo. Por ejemplo tenemos anunciaciones en la madre de Chin-Nung o Siuen-Wu-ti en China, Sotoktaïs en Japón, Quetzalcoatl en Méjico, Vishnú en India, Apolonio de Triana en Grecia, Zoroastro o Zaratustra en Persia, Amenofis III en Egipto y un largo etcétera. Grandes personajes de la historia como Gengis Kan, Pitágoras, Platón, Buda, Krisna, Confucio o Lao-Tse fueron mitificados como hijos de una virgen. En la Biblia aparecen también relatos de nacimientos milagrosos en Sansón, Samuel o Juan el Bautista, que culminaron con el nacimiento de Jesús. Lo mismo ocurre con la aparición de estrellas u otras señales celestes que anunciaban la calidad sobrenatural del recién nacido, como sucedió en los nacimientos de Buda, Krisna, el rey Mitríades, Julio César, Eneas, etc. Otro ejemplo lo encontramos en la mitología egipcia cuando Osiris resucita al tercer día tras ser asesinado a manos de su hermano Seth.      

En contra de las enseñanzas de Jesús, que dijo no haber venido para ser juez de los hombres (indicando que si «alguien quisiera quitarle a uno el vestido mediante un pleito, se le regalase también el manto»), los obispos tuvieron potestad por decreto del emperador Constantino de intervenir civilmente en los tribunales como jueces infalibles. También se posicionó Jesús en contra de los templos como «casa de Dios». En Mateo 6,5-7, le dijo a sus discípulos: «Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en pie en las sinagogas y en los ángulos de las plazas, para ser vistos de los hombres; en verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, cuando ores, entra en tu cámara, y, cerrada la puerta, ora a tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará. Y orando, no seáis habladores, como los gentiles, que piensan ser escuchados por su mucho hablar» (justo lo que vemos hoy día en todas las iglesias). A diferencia de Pablo preconizó la igualdad de derechos de la mujer y las aceptó como discípulas (ahí tenemos ejemplos como María Magdala y Junia, considerada apóstola por los padres de la Iglesia, pero transexuada como varón en la Edad Media). Rechazó con rotundidad el Credo, también manipulado por la curia romana, que en el siglo X hizo su copia personalizada del original, el Credo cristiano (Symboli Apostolici) del siglo II. Ni siquiera conoció Jesús la doctrina del infierno eterno, ratificada por la curia romana en el primer concilio de Letrán en 1123, y elaborada convenientemente a partir de falsas interpretaciones evangélicas o textos apócrifos como el ya mencionado Evangelio de Nicodemo, declarado oficialmente falso y que popularizó las terribles imágenes infernales que han traumatizado a tantas generaciones hasta el día de hoy, aderezado todo ello con numerosas creencias paganas persas introducidas difusamente en el judaísmo precristiano, como la creencia de demonios y otros seres malignos. Desde luego la cúpula romana no desperdició la oportunidad de hacerse con este «filón de oro» –del infierno– para utilizarlo como herramienta de chantaje y extorsión contra sus fieles, que no dudaban en ofrendar o donar sus riquezas a la Iglesia para comprar el rescate de sus almas impuras o bien pagar la Taxa Camarae, una tarifa promulgada en el año 1517 por el papa León X con el fin de conceder indulgencias y que permitía, por un módico precio, que violadores de niños, estafadores, maltratadores y asesinos múltiples pudieran limpiar todos sus pecados.



La máxima implícita de la Iglesia de aquella época «Si no estás conmigo estás contra mí» se llevó hasta las últimas consecuencias cuando en su delirio patológico exterminó a poblaciones enteras simplemente por contradecir alguno de sus dogmas o practicar el desprendimiento y la humildad predicada por Jesús, como los arrianos y los iconoclastas en el siglo VII, que rechazaban el culto a las imágenes tal como dice el segundo mandamiento del Decálogo original del Antiguo Testamento; los paulicianos, que veneraban los escritos de San Pablo; o los bogomitos, paulicianos que predicaban la igualdad social. Los herejes monfortinos hacia el 1.028 también fueron acusados de muchos «delitos»: practicaban la castidad aunque estuvieran casados, ayunaban y eran vegetarianos, pero lo peor es que ponían en común sus bienes. Igualmente fueron perseguidos y ejecutados los patarini, movimiento social y religiosos desarrollado en Milán hacia el siglo XI contra los abusos del arzobispo Guido, señor de Milán.

Durante siglos Roma había frenado cualquier reforma o cualquier intento de cambio, evolución o modificación, pero después de los decenios de 1.170 y 1.180 dos grandes movimientos disidentes centrados en la penitencia y en la pobreza se desarrollaron hasta suponer una amenaza para el sistema romano: por un lado los cátaros o albigenses, venidos desde los Balcanes y dedicados a un estricto ascetismo y a una predicación itinerante a la manera de los apóstoles, y por otra los valdenses que surgieron como una hermandad de ascetas laicos. Inocencio III respondió con la condena a los «herejes» y decidió exterminarlos iniciando una cruzada contra ellos. Obispos, papas, reyes y emperadores iniciaron la persecución y prepararon el terreno para lo que llenaría muchas de las páginas más terribles de la historia de la Iglesia con el terrorífico nombre de La Santa Inquisición. Inocencio III dio el primer paso para su creación. En el concilio de Tolosa en 1.229 se instituyeron oficialmente los tribunales de la Inquisición e Inocencio IV completó el cuadro adjudicando el derecho a la tortura. Influencia masiva tuvo también el Emperador Federico II, quien en sus edictos estipuló la muerte en la hoguera como castigo a la herejía. Se torturará y matará de forma horrenda sólo por sostener que Jesús y los apóstoles no poseían nada. Bastaba tener una Biblia para ser sospechoso de enemigo de la iglesia, y si ésta estaba traducida en vulgar, es decir en un lenguaje comprensible para el pueblo, la condena por herejía estaba asegurada, no fuera a ser que se enterasen de lo que Jesús decía.

La persecución contra los cátaros duró 20 años y terminó en 1.229 con más de un millón de muertos. Los valdenses no fueron completamente exterminados hasta 1.561. El pueblo de Steding en Alemania, se negó a reconocer la jurisdicción temporal del arzobispo de Bremen. Fueron por ello declarados herejes y el papa Gregorio IX lanzó una cruzada contra ellos en 1.234, acabando con sus 11.000 habitantes. Los herejes que iban apareciendo junto a sus seguidores seguían el mismo camino: Jacopone da Todi, Guglielma la Bohemia, los apostólicos, llamados así los seguidores de Gerardo Segalello de Parma, Fray Dolcino, los Begardos y Beguinas, los Lolardos, etc. A veces la herejía en un tiempo dejaba de serlo en otro, el caso más notable fue el de Juana de Arco, quemada en la hoguera en 1.431 y santificada después en el siglo XX.  Durante los siglos XII y XIII se sucederán en inquietante crescendo tratados sobre la brujería que irán poco a poco abonando el terreno para el siguiente exterminio. La bula papal (Ad extirpanda) promulgada por Inocencio IV el 15 de mayo de 1252 marcó el inicio de la caza de «brujas». Apoyada por un tratado “El martillo de brujas”, reproducido con la nueva técnica inventada por Gutemberg y que llegó a ser un best-seller de la época, las brujas, se dirá, son una auténtica secta que lucha por la destrucción de la Iglesia. El objetivo es claro: si las brujas son por definición herejes, fácilmente los herejes (y también los judíos) son por definición brujos. Esta caza puede leerse también como una gigantesca guerra del poder masculino contra el femenino y las últimas formas de matriarcado.


Alejandro Vaquerizo cuenta magistralmente en su web que uno de los objetivos era arrebatar a las mujeres el poder de curar enfermedades y asistir a partos. Este poder debía ser confiado al monopolio de la casta masculina de los médicos. En el tratado se afirmaba que «nadie hace mayor daño a la Iglesia que las comadronas». De hecho la mayoría de las víctimas eran mujeres y normalmente de condición humilde. El resto eran moriscos y judíos no conversos acusados de mantener sus prácticas paganas. Las cifran hablan de cientos de miles de torturas y ejecuciones en la hoguera sólo en el último periodo inquisitorial, entre el siglo XIV y el XVIII.  Cuando en el Concilio de Trento se quiso poner freno a La Reforma de Lutero –un monje que a comienzos del siglo XVI protestó contra las indulgencias y negó la autoridad jurisdiccional del papa entre otras cosas, dividiendo Europa en estados católicos y protestantes–, se inició una sangrienta guerra interna de religión. En Italia y España los pequeños grupos de protestantes fueron reprimidos pero en Francia se libraron 8 guerras civiles contra los hugonotes, llamados así los calvinistas franceses. Tres mil protestantes fueron masacrados en París en una sola noche, la llamada noche de San Bartolomé. El papa Gregorio XIII bendijo a los asesinos católicos. El total de hugonotes muertos en París y provincia fue de 25 a 35.000 y se cuenta que en tres días fueron convertidos al catolicismo 60.000 calvinistas franceses. Alemania quedó asolada por la primera guerra moderna, la guerra de los 30 años entre católicos y protestantes. Si en 1.618 contaba con casi 21 millones de habitantes, en 1.648 eran apenas 13 millones. Según el historiador Polisensky resultaron afectados por el conflicto 100 millones de personas. También se luchó a partir del siglo XVI contra los anabaptistas que rechazaban el bautismo y de los que sobreviven algunas comunidades en América donde tuvieron que emigrar. Los unitaristas negaban el dogma de la Trinidad y su principal exponente, Miguel Servet, fue quemado en la hoguera a mediados del siglo.

La Iglesia católica dejó paralizadas las bases de la investigación científica durante más de 1.500 años, contando entre sus mayores logros la destrucción de la biblioteca del Sarapeo a manos del patriarca cristiano Teófilo de Alejandría, siendo esta biblioteca la sucesora de la Gran Biblioteca de Alejandría, destruida por Julio César un siglo antes. Lo cual ayudó a detener el avance tecnológico y emocional del ser humano por varios miles de años. Aristóteles ya se consideraba peligroso y problemático y los papas promulgaron prohibiciones sobre la lectura de sus obras. En 1.564 condenó a muerte al médico Andrés Versalio, fundador de la anatomía moderna, por haber abierto un cadáver y haber afirmado que al hombre no le falta la costilla con que supuestamente fue creada Eva. Giordano Bruno fue quemado en 1600 y Galileo sólo fue perdonado tras reconocer sus «errores». Su condena propagó una atmósfera de temor de tal manera que por ejemplo Descartes pospuso indefinidamente la publicación de su obra “Sobre el mundo o tratado del hombre” que no vería la luz hasta 14 años después de su muerte.

La noticia de que Jerusalén había caído en manos turcas dio el pretexto necesario para desencadenar la «guerra santa» contra los «infieles» a finales del siglo XI. Los ejércitos cristianos que marchaban rumbo a Palestina, sin provisiones y sin campamentos organizados a menudo saqueaban poblaciones enteras cristianas que atravesaban durante el viaje, dejando un rastro de muerte y destrucción como sucedió por ejemplo en la I Cruzada (conocida como «Los Pobres», por estar formada por gente sin recursos), que en 1.096 causó la mortandad de 4.000 personas sólo  su paso en la ciudad húngara de Zemun. Mucho más sangrienta fue la IV Cruzada, cuyo ejército cristiano tomó al asalto la cristianísima Constantinopla, saqueándola y asesinando a gran parte de su población. 200 años de guerras absurdas y millones de muertos no impidieron que Jerusalén terminara en manos de los musulmanes. Sí consiguieron expulsar de sus hogares, gracias al apoyo de los  reyes católicos, a cientos de miles de árabes y judíos en la España del siglo XV y XVI.

El exterminio de civilizaciones como la inca, maya o azteca estuvo siempre bajo la sombra de la Iglesia, que distinguió la colonización como «bendecida por Dios». En México la población pasó de 25 millones en 1.520 a menos de un millón y medio en 1.595. Las guerras y las enfermedades como la peste y la viruela exterminaron al 95% de la población local. Si al comienzo del siglo XVI la población del continente americano era de unos 80 millones de personas, a mediados del siglo XVII se había reducido a 10, acabando con la quinta parte de la población mundial. La escena se repitió con pocas variaciones en la conquista inglesa del continente norteamericano. De los 10 o 12 millones de nativos que vivían en el actual territorio de los EE.UU quedaron apenas 250.000 en 1.900. Desde luego no faltaron curas bendiciendo los Winchester que diezmaron a los nativos americanos. Entre el siglo XVI y el XX perdieron la vida 150 millones de personas, 2/3 por las epidemias y el resto por actos de violencia, esclavitud o tratos inhumanos que la Iglesia consentía y apoyaba, tal como defendió siglos después al nazismo hitleriano o la dictadura de Franco y Pinochet.

En 1.344 tuvo lugar la primera conquista colonial del continente africano, cuando el almirante De la Cerda, por orden del papa Clemente VI conquistó las Canarias. Los aproximadamente 80.000 guanches fueron el primer pueblo al que se exterminó totalmente. Después, hacia finales del XV, los portugueses comenzaron a penetrar por las costas de Angola y Guinea. Como siempre los conquistadores estaban bendecidos por los misioneros que avisaban a las tropas si el pueblo al que habían ido se mostraba hostil con ellos o no querían ser evangelizados. Se habla de al menos 20 millones de personas deportadas a América. Su expectativa de vida en el momento de la llegada era de 7 años. Por cada uno que llegaba a América como esclavo, nueve morían durante la captura o el viaje. Todas las prácticas sanitarias y medicinales de los africanos, basadas en hierbas y minerales, se prohibieron para garantizar el monopolio sanitario de las misiones. En lo concerniente a la educación, borraron de un plumazo milenios de historia africana para educarlos, mediante el látigo y el palo, en la superioridad blanca. En el siglo XVIII ya se habían exterminado a 25 millones de africanos desde el inicio del tráfico de esclavos. La Iglesia contribuyó a la legitimación de la esclavitud africana, aunque más adelante algunos papas como Pío II o Urbano VIII la condenaron o pusieron reparos. Se condenaba la trata pero no la esclavitud en sí, por lo que los miembros de las órdenes religiosas y aún el clero secular no se privaron de tener esclavos «evangelizados». Desde inicios del siglo XVI los sacerdotes organizaron una trata de esclavos por su cuenta. En 1.650 la Compañía de Jesús poseía tal cantidad de esclavos que impresionaba incluso a los portugueses. En 1.914 el 90% de África pertenece a las potencias coloniales europeas, que confían el control de la educación a los misioneros cristianos.

Pio XII, el hombre que tras la II gran guerra excomulgó a todos los miembros del partido comunista en el mundo, no se le ocurrió hacer lo propio con los «católicos» Hitler, Himmler o Goebbels. Además de apoyar el nazismo hitleriano y el exterminio de judíos, la Iglesia apoyó el alzamiento franquista y justificó las matanzas de la guerra civil española –que dejó más de un millón de muertos–. Buena parte del clero católico apoyó igualmente algunas de las dictaduras más infames del planeta, pues nunca faltaron sacerdotes bendiciendo a los escuadrones de la muerte en Chile, Grecia, Perú, Bolivia, Argentina o Indonesia.


Pero ¿qué propició toda esta orgía incesante de manipulación y destrucción sin límites? Situémonos en el escenario del crimen original. Los obispos que participaron en los primeros concilios ecuménicos para asentar las bases oficiales de los evangelios, como el Concilio de Nicea (año 325), vieron que había muchas cosas de las que Jesús no hablaba, sobre todo temas relacionados con la moral y la sexualidad, así que echaron mano del estoicismo, la filosofía en boga del siglo III y IV, pero reinterpretándola sutilmente a su manera. Tal filosofía proponía vivir de acuerdo con la razón, evitando las pasiones (pathos), que no son sino desviaciones de nuestra propia naturaleza racional. Pasión = placer = malo. Así es como se empieza a cocinar la moral cristiana. No obstante no tuvieron que calentarse mucho la cabeza para trazar su particular visión de la religión, ya que el camino estaba prácticamente despejado por las manipulaciones evangélicas de Pablo de Tarso (casi un tercio de las escrituras neotextamentarias son atribuidas a él), que sólo conoció a Jesús de oídas, pues nació entre los años 5 y 10 en Tarso, la actual Turquía. De hecho el cristianismo debería llamarse más exactamente el paulismo, pues Pablo transformó la religión de Jesús en una religión acerca de Jesús, contradiciendo y desdeñando a quienes realmente conocieron al propio Jesús. Fue responsable de la violenta ruptura con el judaísmo y contribuyó a un dualismo radical entre la carne y el espíritu. 

En el libro “La historia del cristianismo” (1976), Paul Johnson sostiene que «El Cristo de Pablo no estaba asentado en el Jesús histórico de la Iglesia de Jerusalén. Escritos de cristianos judíos de la década de los cincuenta presentan a Pablo como el Anticristo y el primer hereje».

Jürgen Moltmann afirma que «La teología de Pablo y la de la Reforma interpretaron teológicamente la muerte de Jesús como víctima de la ley de Israel; y dejaron muy claro que la resurrección y exaltación de Cristo significaron la abolición de esa ley con todas sus exigencias. Pero Jesús no murió apedreado por los judíos, sino ajusticiado por los romanos».

Holger Kersten y Elmar Gruber, “La conspiración sobre Jesús”: «El cristianismo recibió por medio de su fanatismo intolerante numerosos desarrollos perjudiciales, los cuales son diametralmente opuestos al espíritu de Jesús: la intolerancia hacia quienes mantienen opiniones distintas, la hostilidad enfática al cuerpo y la consecuente baja opinión de la mujer y especialmente la actitud defectuosa sobre la naturaleza.... Pone patas arriba la enseñanza de salvación de Jesús y se opone a sus ideas de reforma; en lugar de las noticias originales alegres, se propuso el mensaje paulino de las amenazas»

Más taxativo que ninguno es Shaw Desmond, cuando en “La religión en el mundo de la posguerra” afirma sencillamente que «Pablo enseñó lo contrario que Jesús».

La particularidad de sus epístolas, conocidas como paulinas, donde desdeña la verdad de los Doce (apóstoles), ya se veían como un problema en la Iglesia antigua tiempo antes de que el Corpus paulinum fuera publicado e incorporado al Nuevo Testamento. Después el problema dejó de existir cuando esas mismas fuentes les sirvieron a los obispos y en particular al emperador Constantino para reconstruir –en la sala de montaje que fue el Concilio de Nicea– toda la teología evangélica o sistema de paulismo a imagen y semejanza de sus intereses mercantiles, tomando como «verdaderos» sólo cuatro de los más de sesenta evangelios con que contaban, algunos de ellos atribuidos a apóstoles y figuras relevantes como Andrés, Tadeo, Santiago (supuesto hermano de Jesús), Bartolomé, Tomás, Pedro, Matatías, etc., todo ello, y esto conviene aclararlo, tras enconadas disputas y divergencias irreconciliables entre obispos. El credo oficial que se reza hoy día en todas las iglesias católicas no procede tanto de la divina inspiración de los obispos conciliares como de la cobarde sumisión de unos cuantos clérigos vendidos a las promesas comerciales del emperador romano Constantino, que adjudicándose el puesto de director de montaje del cristianismo utilizó la Iglesia a su antojo para forzar la unificación de su imperio en una sola religión, autodeclarándose sin pudor alguno «elegido de Dios» y «decimotercer apóstol». Sólo Arrio y sus seguidores egipcios fueron lo suficientemente valientes como para oponerse al chantaje del brutal emperador, que dio orden de destierro a todo aquel que se opusiera al texto redactado (o más bien habría que decir SU texto). Este sujeto clínico que fue Constantino, declarado «caudillo amado de Dios y obispo de todos» por la Iglesia católica, fue también responsable de masacres de poblaciones enteras, de estrangular a su esposa, degollar a su hijo y asesinar a su suegro y a su cuñado. Pero ¿qué importan tales excesos cuando uno podía ser bautizado en su lecho de muerte y morir como santo?

Tan poquito se molestaron en revisar detenidamente los textos seleccionados (quizá por el sofoco generalizado) que al final no hicieron lo que se dice un buen trabajo, ya que una buena parte de esos evangelios se contradicen en casi todo lo fundamental, hasta el punto de dar lugar a paradojas absurdas como en 2 Samuel 24:1, donde se dice que fue Dios quien incitó a David a contar los hombres aptos para la guerra de Israel, mientras que en 1 Crónicas 21:1 se dice que fue Satanás. Semejante inconsistencia intentó ser justificada más adelante por otros obispos que declararon «inspirados» todos los textos del canon neotestamentario, pero entonces no repararon –o no quisieron reparar– en que sus propias justificaciones hacían quedar como un idiota al mismísimo Espíritu Santo. ¿O más bien como un bromista incorregible? Otros obispos más espabilados intentaron justificarse declarando (en la Biblia católica de Nacar-Colunga, pp. 7-8) que sólo la Iglesia tiene autoridad para interpretar los evangelios bíblicos, aun llamando negro lo que Jesús veía blanco: «La verdad revelada, alma y vida de la Iglesia, antes que en los libros fue escrita en la inteligencia y en el corazón de la misma. Allí reside vivificada por el Espíritu Santo, libre de las mutaciones de los tiempos y de la fluctuación de las humanas opiniones». Dicho esto, se puede afirmar tajantemente que el mayor enemigo de la Iglesia no es el diablo, la ciencia, el judaísmo, el islám o la maldad intrínseca del hombre, sino las propias Escrituras, contrarias a muchos de los dogmas eclesiásticos.

Cuesta entender la monstruosa desvergüenza de esta organización criminal que fue la Iglesia, sobre todo la medieval, encerrando, torturando y quemando a millones de inocentes sospechosos de contradecir el dogma evangélico oficial, en tanto esos mismos obispos inquisidores, en actos de salvaje sacrilegio, falseaban, ocultaban y troceaban en sus concilios los evangelios que más se aproximaban a la verdadera figura de Jesús.

La historia de la Iglesia católica es el inmenso escenario de un crimen brutal y sangriento hacia el cristianismo original. En términos humanos sería algo así como un asesinato chapucero a manos de un psicópata un tanto inepto cuyo objetivo sería suplantar la identidad de la víctima: un incipiente industrial con ideas revolucionarias. Por desgracia para la Iglesia todas las huellas del crimen apuntan a ella. Sorprende por tanto la impunidad social e histórica de que sigue disfrutando aun siendo señalada por cuantiosos teólogos, exsacerdotes y jueces, que ya no se amilanan ante la corrupción de algunos clérigos (recordemos el caso Vakileaks: la fuga de documentos que destapó el blanqueo de dinero sucio en el infame Banco Vaticano, propiciando la renuncia al papado de Ratzinger) y los innumerables casos de pederastia, silenciados de la manera más ruin por tantísimos obispos. Aun así no debe ser muy agradable para la curia romana sentirse cómplice silencioso de incontables crímenes y falsedades históricas. Con tantos periodistas, teólogos, intelectuales y especialistas bíblicos socavando información, la estafa se ha hecho demasiado evidente. Ya no hay lugar a la hipótesis o a la duda: toda la industria eclesiástica desde sus orígenes hasta la actualidad ha sido minuciosamente desmontada. Nadie que no esté involucrado en los intereses de la curia puede dudar de la evidencia, las pruebas están a la vista del mundo y cualquiera puede comprobarlas. Estamos hablando de la mayor falsificación de la historia humana. Y esto los saben bien todos los prelados, que deben sentirse con el culo al aire. Es casi admirable la tan elaborada afectación y dignidad de la que todavía hacen gala en sus actos públicos, dando consejos al populacho y advirtiéndoles con extraordinario cinismo de las consecuencias de sus malos actos. No me extrañaría nada que estos resabiados convocaran algún día otro concilio ecuménico para declarar sagrada la mentira y así lavar definitivamente sus crímenes. No es ninguna tontería. Ya lo intentaron algunos como el teólogo Orígenes, que, en el colmo de la desfachatez, defendió la función cristiana del engaño postulando la necesidad de una mentira como «condimento y medicamento». Una declaración inspirada por el Espíritu Santo que, sin resultar demasiado cínica, pueda justificar lo injustificable, algo por el momento imposible.

Una vez bien callados y muertos los revolucionarios, se puede hacer un buen negocio con su piel. Los sacerdotes cristianos llevan casi dos mil años alimentándose de un cadáver. No es casualidad que siempre lo muestren colgado de una cruz.


José Carlos Andrade García

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