miércoles, 26 de noviembre de 2014

Especulación suicida


Ya no es una metáfora afirmar que el capitalismo se devora a sí mismo. Actualmente la comida está supeditada a los grandes inversionistas, bancos y brokers que se dedican a jugar con la subida y bajada de los precios de estas materias primas como si fueran simples mercancías. Aunque parezca aterrador, apenas existe alguna regulación que prohíba jugar con la comida de las personas. La especulación alimentaria ha sido la causa principal de las recientes crisis alimentarias, donde millones de personas en el mundo murieron de hambre y al menos 40 millones cayeron en la pobreza extrema a causa de la crisis de los precios de los alimentos de 2008. Recordemos que la comida es un derecho fundamental, hay que sacar cuanto antes los alimentos de los mercados financieros y cortar de raíz esta ruleta monstruosa que juega con la vida de millones de personas.

Un estupendo artículo de la ONG VSF Justicia Alimentaria Global, titulado “Con la comida no se juega” (bancabajocontrol.org.es) explica perfectamente todo el entramado. Gran parte de las materias primas que consumimos se compran y venden a través de contratos a futuro en el conocido mercado de futuros. ¿Qué significa esto? Los famosos futuros son contratos vinculantes entre comprador y vendedor en los que se acuerdan un precio y una fecha de entrega concreta. Hasta aquí todo bien, pero desde hace poco menos de dos décadas en los mercados agrarios no sólo participan compradores y vendedores interesados en el alimento, sino que intervienen figuras que nada tienen que ver con la comida que se dedican a especular con los precios comprando y vendiendo contratos a futuro cuantas veces quieran. Esto quiere decir que el precio de los alimentos deja de estar sujeto por la ley de la oferta y demanda real, y pasa a estar supeditado a los grandes inversores que hacen y deshacen a sus anchas. 2010 tuvo una de las mejores cosechas de la historia. Sin embargo las materias primas básicas como el trigo, el maíz o el azúcar subieron de media un 25%. Muchos países que hasta entonces producían suficiente comida para su propia alimentación fueron obligados a abrir sus mercados a productos agrícolas del extranjero. Al mismo tiempo, la mayoría de las regulaciones estatales sobre existencias de reserva, precios, producciones o control de las importaciones y exportaciones fueron desmanteladas gradualmente. Como resultado, las pequeñas explotaciones agrícolas y ganaderas de todo el mundo no han sido capaces de competir en el mercado mundial y muchos se arruinaron.

Las clases sociales más desfavorecidas del mundo, cifradas en cientos de millones de personas, destinan el 60-80% de sus ingresos a la alimentación. Los efectos de la subida de los precios alimentarios son ahí devastadores. Desde el inicio de la crisis especulativa alimentaria 250 millones más de personas están en situación de hambre, ya son más de 1.000 millones, cifras y porcentajes nunca vistos hasta ahora en la historia de la humanidad. «Un niño muere cada cinco segundos mientras la FAO reconoce que la agricultura podría alimentar a 12.000 millones de personas, casi el doble de la población actual del planeta; este es el mayor escándalo de nuestro tiempo. La especulación sobre los alimentos básicos, aunque sea legal, es un crimen contra la humanidad que los países democráticos deben impedir», argumenta el suizo Jean Ziegler, sociólogo, político y exrelator de la ONU para el Derecho a la Alimentación.

Afortunadamente, hace poco más de un año, el Parlamento Europeo y la Presidencia rotatoria griega de la Unión Europea llegaban a un acuerdo para reformar la Directiva de Mercados de Instrumentos Financieros (MiFID), que regula los servicios financieros en los mercados de la Unión (la información está en: www.lamarea.com/especulacion-alimentos). El acuerdo contempla límites en la especulación con materias primas por parte de los inversores mediante «duras sanciones» para las firmas de inversión que incumplan la normativa, lo que ha sido recibido como una victoria por parte de las organizaciones ecologistas que desde hace años reclaman el fin de la especulación alimentaria. Numerosas entidades bancarias europeas, como el segundo banco alemán Commerzbank, el Danés Nordea, la entidad austriaca Volksbanken AG, o incluso Barclays Bank han ido abandonando la comercialización de fondos de inversión ligados a los alimentos por la presión de las entidades ecologistas. Sin embargo aún son muchos los productos financieros ofertados ligados a alimentos básicos. El acuerdo alcanzado en la UE debe permitir limitar este tipo de operaciones financieras, si bien la VSF Justicia Alimentaria Global lamenta que «la presión de algunos estados miembros» ha provocado que finalmente sean los estados quienes establezcan estos límites, no una normativa europea común. Ello, denuncia, «implica un riesgo evidente de que los países jueguen a la baja, estableciendo límites permisivos que en la práctica pueden hacer que la reforma acabe siendo ineficaz».        

Especular con la comida no es como especular con productos o mercancías sino con la vida misma. La subida del precio especulativo alimentario hace subir a su vez el índice mundial de pobreza y mortalidad. Cada subida de precio, por pequeña que sea, arrastra a la ruina, a la desesperación y a la muerte a millones de personas en el mundo. Que este tipo de prácticas inhumanas siga siendo legal en países supuestamente democráticos demuestra la increíble desfachatez de la mayoría de nuestros políticos, que a través de un repugnante silencio nos muestran con total claridad que sólo están ahí para sonreír a las cámaras, estrechar manos y servir a sus amos financieros.

Afortunadamente siempre existirán políticos con suficiente empatía y dignidad como para no dejarse comprar tan miserablemente. 


José Carlos Andrade García

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