sábado, 15 de noviembre de 2014

El sentido original de la democracia


Toda persona que viva en un país democrático, sea o no oriundo, tenga o no papeles, tiene derecho a la alimentación y a la sanidad. Esta es la base sobre la que se edificó la democracia y de la que dependemos para nuestra supervivencia. Entendamos la democracia como un triunfo de la razón sobre los instintos predatorios o reptilianos: el nacionalismo, el racismo, el militarismo, el totalitarismo, propios de una mentalidad primitiva incapaz de asimilar una responsabilidad humanitaria, una concepción global y solidaria de la existencia como seres sociales que somos. Muchos dicen que los inmigrantes sobrecargan la asistencia sanitaria sin mencionar su contribución económica y cultural a la sociedad y su importante papel en la natalidad, en el rejuvenecimiento de las sociedades desarrolladas –cada vez más decrépitas en el índice de edad–, evitando un hundimiento de la Hacienda pública y contribuyendo en buena medida a que nuestros padres y abuelos puedan seguir cobrado íntegramente sus pensiones de jubilación.

      Conviene recordar que nuestro sistema de salud pública es universal y que cualquier cambio oportunista como prohibir la asistencia sanitaria a los sin-papeles es un atentado contra los derechos humanos. Los problemas están para solucionarlos, y no para utilizarlos como estrategia electoral. Es evidente que algunos gobiernos «democráticos» prefieren culpabilizar a quienes menos medios tienen para defenderse, los inmigrantes, como excusa perfecta para seguir despilfarrando el dinero de los contribuyentes en ingentes gastos militares, desmesuradas infraestructuras –que pocas veces recuperan el dinero invertido– y en privatizar hospitales que deberían de servir precisamente para solucionar el problema de la saturación sanitaria, y no al contrario.

      No digo con aires de revolucionario trasnochado que se tengan que abrir todas las fronteras y permitir la libre circulación de personas –que sin duda ocasionaría un drástico choque entre culturas que podría dar lugar a grandes malestares y enfrentamientos–, sino que se permita de manera segura y ordenada la acogida gradual de personas con prioridades esenciales, como trabajadores con contratos concertados desde el país de origen, refugiados políticos o solicitantes de asilo por motivos varios. La democracia es sencillamente la aplicación práctica de la Constitución y de los Derechos Humanos. La integración de inmigrantes con oriundos y viceversa es necesaria tanto para unos como para otros. Vivimos en un mundo globalizado y cada vez más formamos parte de una misma aldea.


José Carlos Andrade García

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