sábado, 1 de noviembre de 2014

El lenguaje secreto de las plantas


La National Science Foundation (NSF) de Estados Unidos reveló en los años ochenta del pasado siglo un estudio sorprendente. Los científicos Gordon Orians, Lynn Erckermann y David Rhoades, de la Universidad del Estado de Washington, constataron que ciertas especies de sauces atacados por orugas envían mensajes de alerta a los que todavía no han sido atacados para prevenirles del peligro. Así, al recibir el mensaje, los demás sauces modifican la composición química de sus hojas haciéndolas menos comestibles y atractivas para los insectos. El editor Ferris Jabr escribió en New Scientist: «Hemos sabido por algún tiempo que las plantas se comunican entre sí, pero sólo ahora nos estamos dando cuenta de cuán sutiles y sofisticadas pueden ser sus interacciones. Las plantas están constantemente escuchando discretamente el parloteo químico de las otras. Algunas plantas como el rododendro escandinavo ayudan a sus vecinas compartiendo recursos. Otras plantas reconocen parientes próximos y los favorecen frente a los extraños». Se ha descubierto que el lenguaje de las plantas tiene lugar en al menos tres niveles: a través de sustancias químicas, ondas y señales eléctricas. Según el físico Ed Wagner, el bosque dispone de un sistema de alarma (que él llamó ondas W) que se activa cuando los leñadores cortan el primer árbol. Cierto tipo de acacias africanas, por ejemplo, cuentan con un mecanismo para advertir a sus semejantes de la llegada de herbívoros. Cuando los antílopes comienzan a comer de sus hojas, el árbol emite al aire una señal de etileno gaseoso a través de los poros de las hojas. Esta señal avisa a otros árboles cercanos de la presencia de herbívoros. Una vez recibida la señal, las acacias comienzan a producir tanino en sus hojas en cantidades que resultan letales para los antílopes. Un profesor de la Universidad de Pretoria, Wouter Van Hoven, descubrió el fenómeno en 1990 mientras estudiaba la muerte de casi 3000 antílopes sudafricanos. Van Hoven se dio cuenta que las jirafas evitaban las acacias cuando se acercaban a ellas en la dirección del viento y sólo mordisqueaban levemente sus hojas, mientras que los antílopes se veían obligados a comer las hojas bajas de cualquier árbol al que pudieran encaramarse. Esto hacía que las dosis de veneno fueran acumulándose hasta provocarles la muerte al cabo de pocos días.

      «Los árboles no son individuos que compiten entre sí por la supervivencia, como suponía Darwin», afirma Suzanne Simard, una conocida ecóloga de la Universidad de la Columbia Británica en Vancouver, Canadá. Bajo el suelo del bosque hay millones de pequeños organismos, bacterias y hongos que forman una relación simbiótica con las raíces de las plantas, ayudando a sus anfitriones a absorber agua y otros elementos vitales como el nitrógeno a cambio de un suministro constante de nutrientes. Los hongos forman una red de hilos (micorrizas) que unen las raíces de decenas de árboles, a menudo de diferentes especies, en una sola red de micorrizas. Por medio de estas vías micóticas, las plantas comparten no sólo nutrientes sino además información. De hecho, Simard y su equipo han descubierto que el agua y los nutrientes tienden a fluir de los árboles con exceso de comida a los que no tienen suficiente, como algunos más jóvenes. Literalmente disfrutan de relaciones sociales y crean vínculos de amistad con otras plantas del entorno, sean o no de la misma especie.

      Cada ser vivo –vegetal o animal– posee una conciencia que opera a diferentes niveles, aunque no podamos percibir su actividad directa y objetivamente. No obstante todos ellos comparten un vínculo, incluidos nosotros: el instinto de cooperación. Alan Watts: «tendemos a pensar en este planeta como una roca infectada de vida, lo cual es tan absurdo como pensar en el cuerpo como un esqueleto infestado de células». Más que preguntarnos qué es la vida, deberíamos de preguntarnos qué no es vida.           



José Carlos Andrade García


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