domingo, 26 de octubre de 2014

El trauma del nacimiento


Desde hace milenios la mujer fue condicionada religiosa y culturalmente para creer y sentir el parto como algo doloroso y agónico. La mente es tan poderosa que es capaz de hacer realidad nuestros peores augurios si estamos plenamente convencidos de ellos. Si la mujer está totalmente convencida de que parirá con dolor, la mente generará ciertas hormonas del estrés como el cortisol que condicionarán al cuerpo para cumplir su pronóstico. Si se convence de lo contrario, generará otras hormonas como las endorfinas para cumplir la predicción. Es decir, dependiendo de su deseo puede programar al organismo para dar a luz de manera dolorosa o placentera. Esto no es pura teoría sino una realidad basada en múltiples experiencias demostradas.

En el documental “Orgasmo durante el parto”, Amber Hartnell, un ama de casa que vive en la isla de Kauai, en Hawai, explicaba su experiencia ante las cámaras afirmando haber experimentado intensos orgasmos durante el alumbramiento, a la vez que se mostraban secuencias grabadas del mismo por su marido. El parto de Amber fue natural, en una bañera especial para parturientas que tenía en su casa. Los «arrebatos orgásmicos» le duraron  dos tercios de las doce horas que duró el proceso del parto. «Desde luego, fue el placer más extraordinario y avasallador que haya podido experimentar en mi vida», comenta Amber Hartnell. «Fue algo así como si una suerte de flujo energético hubiera recorrido todo mi interior». El documental, no obstante, trata mayormente de los denominados partos naturales, en un ambiente del propio hogar, sin hacer uso de ninguna clase de medicamentos. Marsden Wagner, ex director del Departamento de Salud Materno-Infantil de la Organización Mundial de la Salud, afirma que «Únicamente en un entorno como éste, unas cuantas mujeres han sido capaces de alcanzar el orgasmo en el curso del parto». En el documental aparece también May Gaskin, la más famosa defensora del parto natural en EEUU, cuyo libro “Comadrona Espiritual” es la biblia sobre partos para madres modernas. Defensora del «nacimiento extático» –un parto agradable y sin medicamentos–, May Gaskin hizo una encuesta a 151 mujeres, de las que 32 afirmaron haber tenido un parto orgásmico. May asegura que un nacimiento extático es «el momento cumbre más natural del que haya oído hablar, donde la mujer descubre realmente su cuerpo. La presión que ejerce la cabeza del bebé sobre las paredes de la vagina, así como la apertura y dilatación de los tejidos mientras la cabeza del niño desciende, proporciona a algunas mujeres una inesperada sensación de excitación sexual, incluso de éxtasis», añade. Todo lo contrario a la visión generalizada que seguimos teniendo en occidente respecto al proceso del nacimiento, que ya desde la Biblia se le dice a la mujer «parirás a tu hijo con dolor».

Tanto el proceso de morir como el proceso de dar a luz son dos aspectos de una misma realidad. Podemos elegir la opción de verlos y sentirlos como una agonía o como una placentera expansión de la conciencia. Es evidente que cuanto menos estrés sufra el niño durante el parto menos efectos nocivos arrastrará psicológicamente. El esfuerzo titánico de abrirse camino por el cuello uterino, los enredos con el cordón o las dificultades de la madre para dilatar son situaciones sumamente dramáticas para el bebé. El rechazo inconsciente de la madre al parto provoca un estrés adicional al bebé, que además se le exige una colaboración física y deseos de nacer.       

En 1923 Otto Rank, discípulo de Freud, publicó un libro que fue rechazado por todo el movimiento psicoanalítico de la época, que no toleraba la más mínima crítica o discrepancia acerca de las teorías de Freud, al que veían y honraban como «el padre del psicoanálisis» (y al padre hay que respetarlo). El polémico libro de Rank, “El trauma del nacimiento” sostenía que el trauma más importante en la vida de una persona no era el complejo de muerte ni de Edipo sino el nacimiento. Evidentemente no es necesario ningún recuerdo del acontecimiento para que se produzca el trauma y quede grabado en el inconsciente, de hecho los mayores traumas de la infancia rara vez se recuerdan.

Igualmente, mediante la psicoanestesia, puede la mujer programarse para parir sin dolor. Esto lo sabe muy bien el doctor Ángel Escudero, que en más de 40 años ha realizado miles de intervenciones quirúrgicas sin anestesia química. En su impactante libro "Curación por el pensamiento", afirma que "por medio del pensamiento se producen modificaciones bioquímicas capaces de alterar la conductividad eléctrica de las vías cerebrales, impidiendo o dificultando la intercomunicación y la elaboración del dolor". El doctor Escudero no solo es capaz de operar sin anestesia química sino que además consigue que el paciente se programe mentalmente para que su cerebro anule indefinidamente un dolor específico, sin interferir por ello con otro tipo de dolores o molestias futuras que puedan ser avisos de posibles enfermedades. Evidentemente la curación no la produce el médico, que solo es un instructor psicológico, sino el propio paciente, que de manera instantánea activa mecanismos mentales aún desconocidos por la ciencia y la psicología. No menos extraordinario es el hecho de que en más de 40 años de intervenciones quirúrgicas, ni un solo paciente ha padecido una infección posoperatoria, ya que la psicoanestesia no es invasiva como la anestesia química y se realiza cuando el paciente se encuentra en un estado mental óptimo, positivo: cuando las defensas del cuerpo están en su máximo nivel.

Hay un famoso experimento realizado en un hospital: a 40 mujeres con cáncer de mama, el médico les contó que el cáncer las dejaría calvas. Días después sólo suministró quimioterapia a veinte mujeres y dejó que las otras veinte creyesen recibirla. Pocos meses después el 60% de las segundas quedaron tan calvas como las tratadas con quimioterapia. ¿Qué modificó la bioquímica interna de esas mujeres? ¡Sus propias creencias! Está científicamente demostrado que un simple pensamiento positivo aumenta los leucocitos por milímetro cúbico de sangre circulante en 1500 unidades. Eso significa 1500 unidades más de defensa en nuestro organismo. Un pensamiento negativo, seguido de su emoción, genera el efecto contrario: disminuye los leucocitos por milímetro cúbico en sangre circulante en 1600 unidades. Es decir, que los pensamientos negativos arrasan literalmente con nuestras defensas.   

En su libro “El trauma del nacimiento: los efectos psicológicos de las intervenciones obstétricas”, el doctor en psicología y terapeuta infantil William R. Emerson denuncia el aumento significativo de cesáreas en EEUU, que resulta ser la intervención quirúrgica más realizada en todo el país, y donde el índice ha variado en un 2-3% en los años 70 a un 25% en los 90, llegando algunos hospitales al 50%. «Profesionales de la materia indican que la tasa de cesáreas ha aumentado, no porque se hayan incrementado las complicaciones durante el parto, sino debido a la monitorización electrónica que registra un falso estrés fetal, pudiendo provocar una cesárea innecesaria, y al marcado aumento de las denuncias contra los obstetras. Los expertos legales sostienen que las cesáreas protegen a los médicos, ya que pueden decir que “han hecho todo lo posible por salvar la vida al bebé”. La investigación clínica muestra que los nacimientos por cesárea provocan un fuerte impacto, lo que se puede traducir en una sintomatología del tipo desvelos nocturnos, llanto continuado, problemas de alimentación, dificultades digestivas, cólicos, contacto defensivo y dificultades para establecer vínculos. […] Entre los efectos sintomáticos a largo plazo se encuentran: déficit del vínculo afectivo, estado crónico de shock y complejos de invasión-control, además de otros complejos como el de rescate, inferioridad y culpabilidad, a lo que cabría añadir falta de autoestima, falta de voluntad y otros trastornos relacionados con la cognición y la emoción. Durante la cesárea, el contacto establecido con el bebé es frío, rápido y doloroso, asociado a la ansiedad provocada por la intervención. El tiempo y la urgencia son de vital importancia, así que rara vez se trata al bebé con respeto y cuidado. Investigaciones recientes demuestran que el tiempo medio que se tarda en hacer la cesárea, desde el momento de la incisión hasta que el bebé está completamente fuera, es de menos de un minuto. Supone una transición demasiado rápida para el bebé, que ni siquiera se ha preparado para el nacimiento. Los bebés nacidos por cesárea, además, están expuestos a una revisión neonatal más exhaustiva, ya que tanto las madres como los propios bebés son considerados “pacientes quirúrgicos”, lo cual supone un trato doloroso (pinchazos y pruebas). La consecuencia de todo ello es el “contacto defensivo”. Los bebés cargan con esta sombra, lo que les dificulta el desarrollo de vínculos afectivos, y resulta un lastre durante su infancia y vida adulta».



José Carlos Andrade García

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